-¡Bah! -dijo la marquesa-, no os preocupéis por esa niña, Villefort; ya se irá
acostumbrando.
Diciendo esto, presentó al sustituto una mano descarnada, que él besó, aunque
con los ojos clavados en Renata, como si le dijese:
"Vuestra mano es la que beso..., o la que quisiera besar ahora".
-¡Mal agüero! -murmuró Renata.
-¿Qué bobadas son ésas? -le contestó su madre-. ¿Qué tiene que ver la salud del
Estado con vuestro sentimentalismo ni con vuestras manías?
-¡Oh, madre mía! -murmuró Renata.
-Disculpad a esa mala realista, señora marquesa -dijo Villefort-. Yo, en cambio,
os prometo cumplir mis obligaciones de sustituto de procurador del rey a
conciencia, es decir, con atroz severidad.
Pero al decir estas palabras, las miradas que a hurtadillas dirigía a su novia
decíanle a ésta:
-"Tranquilizaos, Renata: por vuestro amor seré indulgente."
Renata pagóle estas miradas con una tan dulce sonrisa, que Villefort salió de la
estancia lleno de alborozo.
Capítulo séptimo
El interrogatorio
Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su risueña máscara,
tomando el aspecto grave de quien va a decidir la vida o la muerte de un hombre.
Sin embargo, aunque obligado a mudar su fisonomía, cosa que alcanzó el sustituto
a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al espejo como los cómicos, en esta
ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a sus facciones la
gravedad oportuna.
Puesto que, dejando a un lado el recuerdo de las opiniones políticas de su
padre, que podían en lo futuro impedirle su fortuna, Gerardo de Villefort era
completamente feliz en aquel momento. Rico de suyo, además de gozar a los
veintinueve años de una posición brillante en la magistratura, iba a casarse con
una joven hermosa, a quien amaba, si no con ciega pasión, por lo menos
razonablemente, como puede amar un sustituto del procurador del rey. Además de
su belleza, notable sin duda alguna, la señorita de Saint-Meran, su futura
esposa, pertenecía a una de las familias más importantes por aquel entonces, y
con la influencia de su padre, que por ser hija única Renata pasaría al yerno
enteramente, llevaba en dote cincuenta mil escudos, que con las esperanzas -
palabra horrible inventada por los que hacen del matrimonio un juego de
cubiletes- podía aumentarse un día hasta medio millón con una herencia. Todos
estos elementos reunidos componían, pues, para Villefort, una suma increíble de
felicidad, de tal manera que le faltaba poco para escupir al sol.
El comisario de policía le esperaba a la puerta. La vista de este hombre hízole
caer de su cielo a nuestro mundo material. Reformó su semblante de la manera que
hemos dicho, y acercándose al oficial de justicia:
-Ya me tenéis aquí -le dijo- He leído vuestra carta: hicisteis bien al prender a
ese hombre. Referidme ahora cuanto sepáis de él y de su conspiración.
-De la conspiración, señor, no sabemos nada todavía. En un legajo sellado tenéis
sobre vuestro bufete cuantos papeles le hemos encontrado. Del preso tan sólo
podré deciros que, según reza la carta que habéis visto, es un tal Edmundo
Dantés, segundo de El Faraón, bergantín propio de la casa Morrel, que hace el
comercio de algodón con Alejandría y Esmirna.
-Antes de pertenecer a la marina mercante, ¿había servido quizás en la de
guerra?
-No, señor. ¡Si es muy joven!
-¿Qué edad tiene?
-Diecinueve o veinte años, a lo sumo.
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