hombre a quien cuatro revoluciones seguidas habían formado y después afirmado
sobre su pedestal.
Se le tenía por el hombre menos curioso de Francia. Daba un baile todos los años
y no se presentaba en él más que un cuarto de hora, es decir, cuarenta y cinco
minutos menos que el rey en los suyos. Jamás se le veía en los teatros, en los
conciertos, ni en ningún lugar público. Algunas veces jugaba una partida de
whist y entonces procuraban elegirle jugadores dignos de él: algún embajador,
algún arzobispo, algún príncipe, algún presidente o, en fin, alguna duquesa
viuda.
Tal era el hombre cuyo carruaje acababa de parar delante de la puerta del conde
de Montecristo.
El ayuda de cámara anunció al señor de Villefort en el instante en que el conde,
inclinado sobre una gran mesa, seguía el itinerario de San Petersburgo a China.
El procurador del rey entró con el mismo paso grave y acompasado que en el
tribunal; era el mismo hombre, o más bien la continuación del mismo hombre a
quien hemos conocido de sustituto en Marsella. La naturaleza no había alterado
en nada el curso que debía seguir: de delgado que era, se había vuelto flaco; de
pálido, tornóse en amarillo; sus ojos hundidos se habían profundizado más aún, y
su lente de oro, al colocarla sobre la órbita, parecía formar parte del rostro.
Excepto su corbata blanca, el resto del traje era completamente negro, y este
fúnebre color no era interrumpido más que por su cinta encarnada, que pasaba
imperceptiblemente por un ojal y que parecía una línea de sangre trazada con un
pincel.
Por muy dueño de sí mismo que fuese Montecristo, examinó con visible curiosidad,
devolviéndole su saludo, al magistrado, que, desconfiado de por sí y poco
crédulo, particularmente en cuanto a las maravillas sociales, estaba más
dispuesto a ver en el noble extranjero (así era como llamaban ya al conde de
Montecristo), un caballero de industria que venía a explorar un nuevo teatro de
sus acciones, que un príncipe de la Santa Sede, o un sultán de las Mil y una
noches.
-Caballero -dijo Villefort con ese tono afectado usado por los magistrados en
sus períodos oratorios, y del cual no quieren deshacerse en la conversación-, el
señalado servicio que hicisteis ayer a mi mujer y a mi hijo me creó el deber de
datos las gracias. Vengo, pues, a cumplir con él y a expresaros todo mi
agradecimiento.
Y al decir estas palabras, la mirada severa del magistrado no había perdido nada
de su arrogancia habitual, las había articulado de pie y erguido de cuello y
hombros, lo cual le hacía parecerse, como ya hemos dicho, a la estatua de la
Ley.
-Caballero -replicó el conde, a su vez con frialdad glacial-,soy muy feliz por
haber podido conservar un hijo a su madre, porque suele decirse que el
sentimiento de la maternidad es el más poderoso y el más santo de todos, y esta
felicidad que tengo os dispensa de cumplir un deber, cuya ejecución me honra,
sin duda alguna, porque sé que el señor de Villefort no prodiga el favor que me
hace, pero por lisonjero que me sea, no equivale para mí a la satisfacción
interior de haber efectuado una buena obra.
Admirado Villefort de esta salida inesperada de su interlocutor, se estremeció
como un soldado que siente el golpe que le dan, a pesar de la armadura de que
está cubierto, y un gesto de su labio desdeñoso indicó que desde el principio no
tenía al conde de Montecristo por hombre de muy finos modales.
Dirigió una mirada a su alrededor para hacer variar la conversación.
Vio el mapa que examinaba Montecristo cuando él entró, y replicó:
-¿Os interesa la geografía, caballero? Es un estudio muy bueno, para vos sobre
todo, que, según aseguran, habéis visto tantos países como hay en este mapa.
-Sí, señor -repuso el conde-; he querido hacer sobre la especie humana lo que
vos hacéis sobre excepciones, es decir, un estudio fisiológico. He pensado que
me sería más fácil descender de una vez del todo a la parte, que subir de la

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