-Yo, madre mía -dijo al punto Renata-, ruego a Dios que no os escuche, y que
solamente depare al señor de Villefort rateros y asesinos. Así dormiré
tranquila.
-Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, sarampiones,
enfermedades, en fin, de nonada -repuso Villefort sonriendo-. Si deseáis que
ascienda pronto a procurador del rey, pedid por el contrario esos males agudos
cuya curación honra.
En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el deseo de Villefort
para satisfacérselo, un criado entró a decirle algunas palabras al oído.
Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto, excusándose, y regresó poco
después lleno de alegría.
Renata le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Villefort, con sus ojos
azules, su pálida tez y sus patillas negras, estaba, en verdad, apuesto y
elegante. La joven parecía pendiente de sus labios, como en espera de que
explicase aquella momentánea desaparición.
-A propósito, señorita -dijo al fin Villefort-, ¿no queríais tener por marido un
médico? Pues sabed que tengo siquiera con los discípulos de Esculapio (frase a
la usanza de 1815) una semejanza, y es que jamás puedo disponer de mi persona, y
que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo banquete de bodas.
-¿Y para qué? -le preguntó la joven un tanto inquieta.
-¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis. La enfermedad es
tan grave que quizá termine en el cadalso.
-¡Dios mío! -exclamó Renata palideciendo.
-¿De veras? -dijeron a coro todos los presentes.
-Según parece, se acaba de descubrir un complot bonapartista.
-¿Será posible? -exclamó la marquesa.
-He aquí lo que dice la delación -y leyó Villefort en voz alta-: "Un amigo del
trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo
Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber
tocado en Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una carta para el
usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.
"Fácilmente se tendrá la prueba de su delito, prendiéndole, porque la carta se
hallará en su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El
Faraón."
-Pero esta carta -dijo Renata-, además de ser un anónimo, no se dirige a vos,
sino al procurador del rey.
-Sí, pero con la ausencia del procurador, el secretario que abre sus cartas
abrió ésta, mandóme buscar, y como no me encontrasen, dispuso inmediatamente el
arresto del culpable.
-¿De modo que está preso el culpable? -preguntó la marquesa.
-Decid mejor el acusado -repuso Renata.
-Sí, señora, y conforme a lo que hace unos instantes tuve el honor de deciros,
si damos con la carta consabida, el enfermo no tiene cura.
-¿Y dónde está ese desdichado? -le preguntó Renata.
-En mi casa.
-Pues corred, amigo mío -dijo el marqués-. No descuidéis por nuestra causa el
servicio de S. M.
-¡Oh, Villefort! -balbució Renata juntando las manos-. ¡Indulgencia! Hoy es el
día de nuestra boda.
Villefort dio una vuelta a la mesa, y apoyándose en el respaldo de la silla de
la joven, le dijo:
-Por no disgustaros, haré cuanto me sea posible, querida Renata; pero si no
mienten las señas, si es cierta la acusación, me veré obligado a cortar esa mala
hierba bonapartista.
Estremecióse Renata al oír la palabra cortar, porque la hierba en cuestión tenía
una cabeza sobre los hombros.
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