Danglars se mordió los labios, vio que no podía luchar con Montecristo en este
terreno, y procuró hacer volver la cuestión al que le era más familiar.
-Señor conde -dijo el banquero inclinándose-, he recibido una carta de aviso de
la casa de Thomson y French.
-¡Oh!, señor barón, permitidme que os llame como lo hacen vuestros criados, es
una mala costumbre que he adquirido en países donde hay todavía barones,
precisamente porque ya no se conceden esos títulos. Me alegro mucho, así no
tendré necesidad de presentarme yo mismo, lo cual siempre es embarazoso.
¿Decíais que habíais recibido una carta de aviso?
-Sí -respondió Danglars-, pero os confieso que no he comprendido bien el
significado del mismo.
-¡Bah!
-Y aun había tenido el honor do algunas explicaciones.
-Decid, señor barón, os escucho, y estoy pronto a contestaros.
-Esta carta -repuso Danglars-, la tengo aquí según creo -y registró su bolsillo-
; sí, aquí está. Esta carta abre al señor conde de Montecristo un crédito
ilimitado contra mi casa.
-¡Y bien!, señor barón, ¿qué es lo que no entendéis?
-Nada, caballero, pero la palabra ilimitado...
-¿Qué tiene? ¿No es francesa...?, ya comprendéis que son anglosajones los que la
escriben.
-¡Oh!, desde luego, caballero, y en cuanto a la sintaxis no hay nada que decir,
pero no sucede lo mismo en cuanto a contabilidad.
-¿Acaso la casa de Thomson y French -preguntó Montecristo con el aire más
sencillo que pudo afectar- no es completamente sólida, en vuestro concepto,
señor barón? ¡Diablo! Esto me contraría sobremanera, porque tengo algunos fondos
colocados en ella.
-¡Ah. .. ! Completamente sólida -respondió Danglars con una sonrisa burlona-,
pero el sentido de la palabra ilimitado, en negocios mercantiles, es tan vago...
-Como ilimitado, ¿no es verdad? -dijo Montecristo.
-Justamente, caballero, eso quería decir. Ahora bien, lo vago es la duda, y
según dice el sabio, en la duda, abstente.
-Lo cual quiere decir -replicó Montecristo- que si la casa Thomson y French está
dispuesta a hacer locuras, la casa Danglars no lo está a seguir su ejemplo.
-¿Cómo, señor conde?
-Sí, sin duda alguna. Los señores Thomson y French efectúan los negocios sin
cifras, pero el señor Danglars tiene un límite para los suyos, es un hombre
prudente, como decía hace poco.
-Nadie ha contado aún mi caja, caballero -dijo orgullosamente el banquero.
-Entonces -dijo Montecristo con frialdad-, parece que seré yo el primero.
-¿Quién os lo ha dicho?
-Las explicaciones que me pedís, caballero, y que se parecen mucho a
indecisiones.
Danglars se mordió los labios; era la segunda vez que le vencía aquel hombre y
en un terreno que era el suyo. Su política irónica era afectada y casi rayaba en
impertinencia.
pasar a vuestra casa para pediros
Montecristo, al contrario, se sonreía con gracia, y observaba silenciosamente el
despecho del banquero.
-En fin -dijo Danglars después de una pausa-, voy a ver si me hago comprender
suplicándoos que vos mismo fijéis la suma que queréis que se os entregue.
-Pero, caballero -replicó Montecristo, decidido a no perder una pulgada de
terreno en la discusión-, si he pedido un crédito ilimitado contra vos es porque
no sabía exactamente qué sumas necesitaba.
El banquero creyó que había llegado el momento de dar el golpe final. Recostóse
en su sillón y con una sonrisa orgullosa dijo:
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