que con esto y con su calidad de sobrecargo, siempre tan mal visto, le aborrecía
toda la tripulación, tanto como quería a Dantés.
-¡Y bien!, señor Morrel -dijo Danglars-, ya sabéis la desgracia, ¿no es cierto?
-Sí, sí, ¡pobre capitán Leclerc! Era muy bueno y valeroso.
-Y buen marino sobre todo, encanecido entre el cielo y el agua, como debe ser el
hombre encargado de los intereses de una casa tan respetable como la de Morrel a
hijos -respondió Danglars.
-Sin embargo ¾repuso el naviero mirando a Dantés, que fondeaba en este
instante¾, me parece que no se necesita ser marino viejo, como decís, para ser
ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro amigo Edmundo, que de tal modo
conoce el suyo, que no ha de menester lecciones de nadie.
-¡Oh!, sí -dijo Danglars dirigiéndole una aviesa mirada en la que se reflejaba
un odio reconcentrado-; parece que este joven todo lo sabe. Apenas murió el
capitán, se apoderó del mando del buque sin consultar a nadie, y aún nos hizo
perder día y medio en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo a Marsella.
-Al tomar el mando del buque -repuso el naviero- cumplió con su deber; en cuanto
a perder día y medio en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que reparar
alguna avería.
-Señor Morrel, el bergantín se hallaba en excelente estado y aquella demora fue
puro capricho, deseos de bajar a tierra, no lo dudéis.
-Dantés -dijo el naviero encarándose con el joven-, venid acá.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantés-, voy en seguida.
Y en seguida ordenó a la tripulación: "Fondo"; a inmediatamente cayó el anda al
agua, haciendo rodar la cadena con gran estrépito. Dantés permaneció en su
puesto, a pesar de la presencia del piloto, hasta que esta última maniobra hubo
concluido.
-¡Bajad el gallardete hasta la mitad del mastelero! -gritó en seguida-. ¡Iza el
pabellón, cruza las vergas!
-¿Lo veis? -observó Danglars-, ya se cree capitán.
-Y de hecho lo es -contestó el naviero.
-Sí, pero sin vuestro consentimiento ni el de vuestro asociado, señor Morrel.
-¡Diantre! ¿Y por qué no le hemos de dejar con ese cargo? -repuso Morrel-. Es
joven, ya lo sé, pero me parece que le sobra experiencia para ejercerlo...
Una nube ensombreció la frente de Danglars.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantés acercándose-, y puesto que ya hemos
fondeado, aquí me tenéis a vuestras órdenes. Me llamasteis, ¿no es verdad?
Danglars hizo ademán de retirarse.
-Quería preguntaros por qué os habéis detenido en la isla de Elba.
-Lo ignoro, señor Morrel: fue para cumplir las últimas órdenes del capitán
Leclerc, que me entregó, al morir, un paquete para el mariscal Bertrand.
-¿Pudisteis verlo, Edmundo?
-¿A quién?
-Al mariscal.
-Sí.
Morrel miró en derredor, y llevando a Dantés aparte:
-¿Cómo está el emperador? -le preguntó con interés.
-Según he podido juzgar por mí mismo, muy bien.
-¡Cómo! ¿También habéis visto al emperador?...
-Sí, señor; entró en casa del mariscal cuando yo estaba en ella... -¿Y le
hablasteis?
-Al contrario, él me habló a mí -repuso Dantés sonriéndole.
-¿Y qué fue lo que os dijo?
-Hízome mil preguntas acerca del buque, de la época de su salida de Marsella, el
rumbo que había seguido y del cargamento que traía. Creo que a haber venido en
lastre, y a ser yo su dueño, su intención fuera el comprármelo; pero le dije que
no era más que un simple segundo, y que el buque pertenecía a la casa Morrel a
hijos. " ¡Ah -dijo entonces-, la conozco. Los Morrel han sido siempre navieros,
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