Caderousse miró asombrado a su mujer. El platero se acercó a un poco de lumbre
que había encendido la Carconte en la chimenea. Durante este tiempo, colocaba
sobre una esquina de la mesa donde había extendido una servilleta, los restos de
una cena, lo cual acompañó de dos o tres huevos frescos. Caderousse guardó de
nuevo los billetes en su cartera, el oro en un talego y todo ello en el armario.
Paseábase por la sala sombrío y pensativo, y levantando de vez en cuando la
mirada sobre el platero, que estaba fumando delante del hogar, y que a medida
que se secaba de un lado se volvía del otro.
-¡Aquí! -dijo la Carconte, colocando una botella de vino sobre la mesa-, cuando
queráis cenar, todo está a punto.
-¿Y vos? -preguntó Joannés.
-Yo no cenaré -respondió Caderousse.
-Es que hemos comido tarde -apresuróse a decir la Carconte.
-Luego, ¿voy a cenar solo? -dijo el platero.
-Nosotros os serviremos -dijo la Carconte con una amabilidad que no le era
habitual ni aun con los huéspedes que pagaban. De vez en cuando, Caderousse
lanzaba a su mujer una mirada rápida como un relámpago. La tempestad continuaba.
-¿Oís, oís? --dijo la Carconte-. Bien habéis hecho, a fe mía, en volver.
-Lo cual no impide -dijo el joyero- que si durante mi cena se aplaca este
temporal, me vuelva a poner en camino.
-Este es el mistral -dijo Caderousse, dando un suspiro-, y me parece que lo
tenemos hasta mañana.
-¡Oh!, tanto peor para los que estén fuera --dijo el platero sentándose a la
mesa.
-Sí -replicó la Carconte-, mala noche les espera.
El platero empezó a cenar y la Carconte siguió prodigándole los cuidados más
atentos. Si el platero la hubiese conocido de antemano, tal cambio le hubiera
asombrado, inspirándole algunas sospechas.
En cuanto a Caderousse, no pronunciaba una palabra, seguía paseando y parecía no
atreverse a mirar a su huésped. Cuando hobo terminado la cena, foe él mismo a
abrir la puerta.
-Creo que se calma la tempestad -dijo.
Pero en este momento, como para desmentirle, un trueno terrible estremeció la
casa y una bocanada de viento mezclada de lluvia entró y apagó la lámpara.
Volvió a cerrar. La Carconte encendió un cabo de vela en la lumbre, que estaba
extinguiéndose.
-Mirad -dijo al platero-, debéis estar fatigado. Ya he puesto sábanas limpias en
la cama, subid a acostaros y dormid bien.
Joannés se quedó aún un instante para asegurarse de que el huracán no se
calmaba, y cuando se cercioró de que los truenos y la lluvia iban en aumento,
dio a sus huéspedes las buenas noches y subió la escalera. Pasaba por encima de
mi cabeza, y yo sentía crujir cada escalón bajo sus pasos. La Carconte le siguió
con una mirada ávida, mientras que, al contrario, Caderousse le volvió la
espalda sin mirarle. Todos estos detalles que recordé después de algún tiempo,
no me sorprendieron en el momento en que los presenciaba, nada era para mí más
natural que lo que estaba pasando y excepto la historia del diamante, que me
parecía un porn inverosímil, todo lo encontraba fundado.
Así, pues, como me sentía extenuado de fatiga, resolví dormir algunas horas y
alejarme a la mitad de la noche.
En la pieta de encima, yo veía al platero tomar todas las disposiciones para
pasar la mejor noche posible. Pronto la cama crujió bajo su cuerpo. Acababa de
acostarse.
Sentía que mis ojos se cerraban a pesar mío. Como no había concebido ninguna
sospecha, no intenté luchar contra el sueño y eché una última ojeada a la
cocina. Caderousse se hallaba sentado al lado de una larga mesa, sobre uno de
esos bancos de madera que en las posadas de aldea reemplazan a la sillas. Me
volvía la espalda, de suerte que no podia ver su fisonomía. Además, aun cuando

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