-A propósito -dijo el conde de Salvieux, antiguo amigo del señor de Saint-Meran
y chambelán del conde de Artois-; ¿ignoráis que la Santa Alianza desaloja a
Napoleón de donde está?
-Sí, cuando salimos de París no se hablaba de otra cosa -respondió el señor de
Saint-Meran-. ¿Y adónde le envían?
-A Santa Elena.
-¿A Santa Elena? ¿Y eso qué es? -preguntó la marquesa.
-Una isla situada a dos mil leguas de aquí, más allá del Ecuador -respondió el
conde.
-Gran locura era en verdad, como dice Villefort, dejar a semejante hombre entre
Córcega, donde ha nacido, entre Nápoles, donde aún reina su cuñado, y enfrente
de Italia, de la que iba a formar un reino para su hijo.
-Por desgracia -dijo Villefort-, los tratados de 1814 impiden que se toque ni
aun el pelo de la ropa de Napoleón.
-Pues se faltará a esos tratados -repuso el señor de Salvieux ¿Tuvo él tantos
escrúpulos en fusilar al desgraciado duque le Enghien?
-Sí -añadió la marquesa-, está convenido. La Santa Alianza libra a Europa de
Napoleón, y Villefort libra a Marsella de sus partidarios. O el rey reina o no
reina. Si reina, su gobierno debe ser fuerte y sus agentes inflexibles; único
medio de impedir el mal.
-Desgraciadamente, señora -dijo Villefort sonriendo-, un sustituto del
procurador del rey acude siempre cuando el mal está hecho.
-Entonces su deber es repararlo.
-También pudiera yo deciros, señora, que a él no le toca repararlo, aunque sí
vengarlo.
-¡Oh, señor de Villefort! -dijo una hermosa joven, hija del conde de Salvieux y
amiga de la señorita de Saint-Meran-; procurad que se vea alguna causa de ésas
mientras residimos en Marsella. Nunca he asistido a un tribunal, y me han dicho
que es cosa curiosa.
-¡Oh!, sí, muy curiosa en efecto, señorita -respondió el sustituto-, porque en
lugar de una tragedia fingida, lo que allí se representa es un verdadero drama;
en lugar de los dolores aparentes, son dolores reales. El hombre que se presenta
allí, en lugar de volver, cuando se corre el telón, a entrar tranquilamente en
su casa, a cenar con su familia, a acostarse y conciliar pronto el sueño para
volver a sus tareas al día siguiente, entra en una prisión donde le espera tal
vez el verdugo. Bien veis que para las personas nerviosas que desean emociones
fuertes no hay otro espectáculo mejor que ése. Descuidad, señorita, si se
presentase la ocasión, ya os avisaré.
-¡Nos hace temblar..., y se ríe! -dijo Renata palideciendo.
-¿Qué queréis? -replicó Villefort-; esto es como si dijéramos... un desafío...
Por mi parte he pedido ya cinco o seis veces la pena de muerte contra acusados
por delitos políticos... ¿Quién sabe cuántos puñales se afilan a esta hora o
están ya afilados contra mí?
-¡Oh, Dios mío! -dijo Renata cada vez más espantada-; ¿habláis en serio, señor
de Villefort?
-Lo más serio posible -replicó el joven magistrado sonriéndose-. Y con los
procesos que desea esta señorita para satisfacer su curiosidad, y yo también
deseo para satisfacer mi ambición, la situación no hará sino agravarse. ¿Pensáis
que esos veteranos de Napoleón que no vacilaban en acometer ciegamente al
enemigo, en quemar cartuchos o en cargar a la bayoneta, vacilarán en matar a un
hombre que tienen por enemigo personal, cuando no vacilaron en matar a un ruso,
a un austriaco o a un húngaro a quien nunca habían visto? Además, todo es
necesario, porque a no ser así no cumpliríamos con nuestro deber. Yo mismo,
cuando veo brillar de rabia los ojos de un acusado, me animo, me exalto;
entonces ya no es un proceso, es un combate; lucho con él, y el combate acaba,
como todos los combates, en una victoria o en una derrota. A esto se le llama
acusar; ésos son los resultados de la elocuencia. Un acusado que se sonriera

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