"Tres días después, hacia las siete de la noche, vi salir de la casa un criado a
caballo que tomó a galope el camino que conducía al de Sevres y presumí que iba
a Versalles. No me engañaba. Tres horas después el hombre volvió cubierto de
polvo, su misión estaba terminada. Diez minutos después, otro hombre a pie,
envuelto en una capa, abría la puertecita del jardín, que se volvió a cerrar
detrás de él.
"Bajé apresuradamente. Aunque no hubiese visto el rostro de Villefort, le
reconocí por los latidos de mi corazón. Atravesé la calle, me arrimé a un poste
colocado junto a la tapia, y con ayuda del cual había mirado otra vez al jardín.
"Ahora no me contenté con mirar. Saqué mi cuchillo del bolsillo, me aseguré que
la punta estaba bien afilada, y salté por encima de la tapia.
"Mi primer cuidado fue correr a la puerta, había dejado la llave dentro, tomando
la precaución de dar dos vueltas a la cerradura.
"Nada impediría la fuga por este lado. Me puse a estudiar el lugar. El jardín
formaba un cuadrilátero, un prado de fino musgo se extendía en medio. En los
ángulos de este prado había algunos árboles de follaje espeso y cubierto de
flores de otoño.
Para dirigirse de la casa a la puertecita, el señor de Villefort tenía que pasar
junto a uno de estos árboles.
"Era a fines de septiembre. El viento soplaba con fuerza, el resplandor de la
pálida Tuna, velada a cada instante por densas pubes, iluminaba la arena de las
calles de árboles que conducían a la casa, pero no podía atravesar la oscuridad
de esos árboles espesos, en los que un hombre podia permanecer oculto sin terror
de ser visto.
"Me oculté en uno de ellos, junto al cual debía pasar Villefort. Apenas estaba
allí, cuando en medio de las ráfagas de viento que encorvaban los árboles sobre
mi frente, creí percibir unos gemidos. Pero ya sabéis, o más bien no sabéis,
señor conde, que el que espera el momento de cometer un asesinato cree siempre
oír gritos en el aire. Dos horas pasaron, durante las cuales, repetidas veces
creí oír los mismos gemidos.
"Al fin dieron las dote de la noche.
"Al dar la última campanada, lúgubre y retumbante, percibí un débil resplandor
que iluminaba las ventanas de la escalera secreta, por la que hemos descendido
hace poco.
"La puerta se abrió y el hombre de la capa volvió a aparecer.
"Era el momento terrible, pero hacía demasiado tiempo que estaba preparado, para
que pudiese vacilar; así pues, saqué mi cuchillo y esperé.
"E1 hombre de la capa se dirigió hacia donde yo me hallaba, pero a medida que
avanzaba, creí notar que llevaba un arena en la mano derecha. Tuve miedo, no de
una lucha, sino de fracasar en mi intento. Así que estuvo a solo unos pasos de
mí, conocí que lo que yo había tornado por arena no era otra cosa que un azadón.
No había tenido tiempo aún de adivinar qué objeto tenía en la mano el señor de
Villefort un azadón, cuando se detuvo al lado del árbol arrojó en derredor una
mirada y se puso a cavar un hoyo. Entonces noté que debajo de la capa llevaba
algo que colocó sobre el césped para tener mayor libertad de movimientos.
"La curiosidad me detuvo y quise ver lo que iba a hacer Villefort, y permanecí
inmóvil, sin aliento, esperando el resultado.
"Luego se me ocurrió una idea, que se confirmó al ver al procurador del rey
sacar de debajo de su capa un cofrecito de dos pies de largo y seis a ocho
pulgadas de ancho.
"Le dejé colocar el cofre en el hoyo, sobre el cual echó tierra, después apoyó
sus pies sobre esta tierra fresca para hacer desaparecer las huellas de la obra
nocturna. Me lancé sobre él y le hundí mi cuchillo en el pecho, diciéndole:
"-¡Soy Juan Bertuccio!. Ya ves que mi venganza es más completa de lo que yo
esperaba.
"Ignoro si oyó estas palabras, no lo creo, pues cayó sin dar un grito. Yo sentí
su sangre saltar humeante y ardiente sobre mis manos y sobre mi rostro, pero
|
|