-No, señora -repuso Villefort-, dejo a cada cual en su puesto: a Robespierre en
la plaza de Luis XV sobre el cadalso; a Napoleón, en la plaza de Vendôme sobre
su columna; con la diferencia de que el uno ha creado la igualdad que abate; el
otro, la igualdad que eleva; el uno ha puesto a los reyes al nivel de la
guillotina; el otro ha elevado al pueblo al nivel del trono. Pero eso no impide
-añadió Villefort riendo- que los dos sean unos infames revolucionarios, y que
el 9 de Termidor y el 4 de abril de 1814 sean dos días felices para Francia, y
dignos de ser igualmente celebrados por los amigos del orden y de la monarquía;
pero esto explica también cómo, aunque caído para no levantarse jamás, Napoleón
ha conservado sus adeptos. ¿Qué queréis, marquesa? Cromwell, que no fue ni la
mitad de lo que Napoleón, tuvo también los suyos.
-¿Sabéis, Víllefort, que lo que estáis diciendo presenta un matiz algo
revolucionario? Pero os perdono: le es imposible a un hijo de un girondino no
conservar cierto apego al terror.
Villefort, sonrojándose, repuso:
-Es cierto que mi padre era girondino, señora, es verdad; pero mi padre no votó
la muerte del rey; estuvo proscrito por ese mismo terror que os proscribía, y
poco le faltó para perder la cabeza en el mismo cadalso en que la perdió vuestro
padre.
-Sí -dijo la marquesa, sin alterarse por este horrible recuerdo-; con la
diferencia que hubieran alcanzado un mismo fin por diferentes medios, como lo
demuestra el que toda mi familia haya permanecido siempre unida a los príncipes
desterrados, mientras que vuestro padre ha tenido a bien unirse al nuevo
gobierno, y tras haber sido girondino el ciudadano Noirtier, el conde Noirtier
se haya hecho senador.
-¡Mamá! ¡Mamá! -balbució Renata-. Bien sabéis que hemos convenido en no renovar
tristes recuerdos.
-Señora -respondió Villefort-, uno mis ruegos con los de la señorita de Saint-
Meran para que olvidéis lo pasado. ¿A qué echarnos unos a otros en cara cosas
que el mismo Dios no puede impedir? Porque Dios puede cambiar el porvenir, mas
no el pasado. Lo que nosotros, los hombres, podemos solamente es cubrirlo con un
velo. ¡Pues bien!, yo me he separado no solamente de la opinión, sino del nombre
de mi padre. Mi padre ha sido o es aún bonapartista, y se llama Noirtier; yo soy
realista y me llamo de Villefort. Dejad que en el caduco tronco se seque un
resto de savia revolucionaria, y no miréis, señora sino al retoño que se separa
de este mismo tronco, sin poder, y acaso diga... sin querer separarse
enteramente.
-¡Muy bien, Villefort! -dijo el marqués-, ¡muy bien! ¡Buena respuesta! Yo
suplico continuamente a la marquesa que olvide lo pasado, sin poder conseguirlo:
veremos si vos sois más afortunado.
-Sí, está bien -respondió la marquesa-; olvidemos lo pasado; no deseo otra cosa;
mas, por lo menos, que Villefort sea inflexible en adelante. No os olvidéis de
que hemos respondido de vos a S. M.; que S. M. ha tenido a bien olvidarlo todo,
de la misma manera que yo lo hago accediendo a vuestra súplica. Pero si cayese
en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que hacéis, porque habéis de
daros cuenta de que se os vigila muy particularmente, por pertenecer a una
familia que puede estar relacionada con los conspiradores.
-¡Ay, señora! -dijo Villefort-; mi profesión, y sobre todo los tiempos en que
vivimos me obligan a ser muy severo. Pues bien, lo seré. He tenido que sostener
algunas acusaciones políticas, y estoy ya como quien dice probado. Por
desgracia, todavía no hemos concluido.
-Pues ¿cómo? -dijo la marquesa.
-Tengo temores casi ciertos. Napoleón en la isla de Elba no está muy lejos de
Francia; su presencia casi a vista de nuestras costas sostiene la esperanza de
sus partidarios. Marsella está llena de oficiales sin colocación, que disputan
todos los días con los realistas, de lo cual resultan duelos entre personas de
clase elevada, asesinatos entre el vulgo.

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