La condesa no respondió. Se hallaba absorta en una meditación tan profunda que
sus ojos se habían cerrado poco a poco. El joven, en pie delante de ella, la
miraba con ese amor filial más tierno y afectuoso en los hijos cuyas madres son
aún hermosas, y después de haber visto cerrarse sus ojos, la escuchó respirar un
instante en su dulce inmovilidad, y creyéndola dormida se alejó de puntillas,
abriendo sigilosamente la puerta del aposento.
-Este diablo de hombre -murmuró moviendo la cabeza-, yo ya había predicho que
haría sensación en el mundo; mido su efecto por un termómetro infalible. Mi
madre ha puesto mucho la atención en él, de consiguiente debe ser notable.
Y descendió a las caballerizas, no sin cierto despecho secreto, de que sin
malicia alguna, el conde de Montecristo había logrado tener un tiro de caballos
mejor que el suyo, el cual desmerecería mucho en la opinión de los entendidos.
-Decididamente -dijo-, los hombres no son iguales, es preciso suplicar a mi
padre que aclare este teorema en la Cámara Alta.
Capítulo tercero
El señor Bertuccio
Entretanto, el conde había llegado a su casa. Seis minutos había tardado en
ello, suficientes para que fuese visto de más de veinte jóvenes que, conociendo
el precio del tiro de caballos que ellos no habían podido comprar, habían puesto
sus cabalgaduras al galope para poder ver al opulento señor que usaba caballos
de diez mil francos cada uno.
La casa elegida por Alí, y que debía servir de residencia a MonteCristo, estaba
situada a la derecha subiendo por los Campos Elíseos, colocada entre un patio y
jardín; una plazoleta de árboles muy espesos que se elevaban en medio del patio,
cubrían una parte de la fachada, alrededor de esta plazoleta se extendían como
dos brazos, dos alamedas que conducían desde la reja a los carruajes a una doble
escalera, sosteniendo en cada escalón un jarrón de porcelana lleno de flores.
Esta casa aislada en mitad de un ancho espacio tenía además de la entrada
principal otra entrada que caía a las calles de Pont-Ruén.
Antes de que el cochero hubiese llamado al portero, la reja maciza giró sobre
sus goznes. Habían visto venir al conde, y en París como en Roma, como en todas
partes, se le servía con la rapidez del relámpago. El cochero entró, pues,
describió el semicírculo, y la reja estaba ya cerrada cuando las ruedas
rechinaban aún sobre la arena de la calle de árboles.
El carruaje se paró a la izquierda de la escalera. Dos hombres se presentaron en
la portezuela, uno era Alí, que se sonrió con alegría al ver a su señor, y que
fue pagado con una agradecida mirada de Montecristo.
El otro saludó humildemente y presentó su brazo al conde para ayudarle a bajar
del carruaje.
-Gracias, señor Bertuccio -dijo el conde saltando ágilmente del carruaje-. ¿Y el
notario?
-Está en el saloncito, excelencia -respondió Bertuccio.
-¿Y las tarjetas que os he mandado grabar en cuanto supieseis el número de la
casa?
-Ya está hecho, señor conde; he estado en casa del mejor grabador del Palacio
Real, que grabó la plancha delante de mí. La primera que tiraron fue llevada en
seguida a casa del señor barón Danglars, diputado, calle de la Chaussée-d'Antin,
número 7; las otras están sobre la chimenea de la alcoba de su excelencia.
-Bien, ¿qué hora es?
-Las cuatro.
Montecristo entregó sus guantes, su sombrero y su bastón al mismo lacayo francés
que se había lanzado fuera de la antesala del conde de Morcef para llamar al
carruaje. Luego pasó al saloncito conducido por Bertuccio, que le mostró el
camino.
-Vaya una pobreza de mármoles en esta antesala; espero que los cambien
inmediatamente.
Bertuccio se inclinó.
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