-¡No! ¡No! -dijo Morcef-, mi padre está empeñado, y yo espero antes de poco
presentaros, si no a mi mujer, por lo menos a mi futura esposa, la señorita
Eugenia Danglars.
-¡Eugenia Danglars! -respondió el conde de Montecristo--, aguardad, ¿no es su
padre el barón Danglars?
-Sí -respondió Alberto-, pero barón de nuevo cuño.
-¡Oh, qué importa! -respondió Montecristo-, si ha prestado al Estado servicios
que le hayan merecido esa distinción.
-¡Oh! , enormes -dijo Beauchamps-. Aunque liberal en el alma, completó en 1829
un empréstito de seis millones para el rey Carlos X, que le ha hecho barón y
caballero de la Legión de Honor, de modo que lleva su cinta, no en el bolsillo
del chaleco, como pudiera creerse, sino en el ojal del frac.
-¡Ah! -dijo Alberto riendo-, Beauchamp, Beauchamp, guardad eso para el Corsario
y el Charivari, pero delante de mí, no habléis así de mifuturo suegro.
Luego dijo, volviéndose hacia Montecristo.
-¡Pero hace poco habéis pronunciado su nombre como si conocierais al barón!
No le conocía -respondió el conde de Montecristo-, pero no tardaré en conocerle,
puesto que tengo un crédito abierto sobre él por la casa de Richard y Blount de
Londres, Arstein y Estelus, de Viena,
y Thompson y French, de Roma.
Y al pronunciar estas palabras, Montecristo miró de reojo a Maximiliano.
Si el extranjero había esperado que sus palabras produjeran algún efecto en
Maximiliano Morrel, no se había engañado. Maximiliano se estremeció como si
hubiese recibido una conmoción eléctrica.
-Thompson y French -dijo-, ¿conocéis esa casa, caballero?
-Son mis banqueros en la capital del mundo cristiano -respondió el conde-,
¿puedo serviros de algo respecto a esos señores?
-¡Oh!, señor conde, podríais ayudarnos en unas pesquisas que hasta ahora han
sido infructuosas. Esa casa prestó hace tiempo un gran servicio a la nuestra, y
no sé por qué siempre negó que lo hubiera hecho.
-Estoy a vuestras órdenes, caballero -respondió Montecristo inclinándose.
-Pero -dijo Alberto-, nos hemos apartado de la conversación que teníamos
respecto a Danglars. Se trataba de buscar una buena habitación al conde de
Montecristo. Veamos, señores, pensemos, ¿dónde alojaremos a este nuevo habitante
de París?
-En el barrio de Saint-Germain -dijo Chateau Renaud-, este caballero encontrará
allí una casa encantadora entre patio y jardín.
-¡Bah! -dijo Debray-, no conocéis más que vuestro triste barrio de Saint-
Germain; no le escuchéis, señor conde; buscad casa en la Chaussée d'Antin, éste
es el verdadero centro de París.
-En el Boulevard de la Opera -dijo Beauchamp-, en el piso principal, una casa
con dos balcones. El señor conde hará llevar a ella almohadones de terciopelo
bordados de plata, y fumando en pipa o tragando sus píldoras, verá desfilar ante
sus ojos a toda la capital.
-Y vos, Morrel, ¿no tenéis idea? ¿No proponéis nada? -dijo Chateau Renaud.
-Claro que sí -dijo sonriendo el joven-, al contrario, tengo una, pero esperaba
que el señor conde siguiese algunas de las brillantes proposiciones que acaban
de hacerle. Ahora, como no ha respondido, creo poder ofrecerle una habitación en
una casa encantadora, a la Pompadour, que mi hermana alquiló hace un año en la
calle de Meslay. -¿Tenéis una hermana? -preguntó Montecristo.
-Sí, señor; una excelente hermana, por cierto. -¿Casada? -Pronto hará nueve
años. -¿Dichosa? -preguntó de nuevo el conde.
-Tan dichosa como puede serlo una criatura humana -respondió Maximiliano-. Se ha
casado con el hombre que amaba, el cual nos ha sido fiel en nuestra mala
fortuna: Manuel Merbant.
Montecristo se sonrió de un modo imperceptible.
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