obligará a nada, pues cuando Dantés salga de la prisión volverá a su puesto, yo
al mío, y pax Christi.
-Gracias, Danglars, así se concilia todo, en efecto. Tomad, pues, el mando, os
autorizo a ello, y presenciad el desembarque. Los asuntos no deben entorpecerse
porque suceda una desgracia a alguno de la tripulación.
-Sí, señor, confiad en mí. ¿Y podré ver al pobre Edmundo?
-Pronto os lo diré, Danglars. Voy a hablar al señor de Villefort, y a influir
con él en favor del preso. Bien sé que es un realista furioso; pero, aunque
realista y procurador del rey, también es hombre, y no le creo de muy mal
corazón.
-No -repuso Danglars-; pero me han dicho que es ambicioso, y entonces...
-En fin -repuso Morrel suspirando-, allá veremos. Id a bordo, que yo voy en
seguida.
Y se separó de los dos amigos para tomar el camino del Palacio de Justicia.
-Ya ves el sesgo que va tomando el asunto -dijo Danglars a Caderousse-; ¿piensas
todavía en defender a Dantés?
-No a fe; pero, sin embargo, terrible cosa es que tenga tales consecuencias una
broma.
-¿Y quién ha tenido la culpa? No seremos ni tú ni yo, ciertamente; en todo caso,
la culpa es de Fernando. Bien viste que yo, por mi parte, tiré el papel a un
rincón; y hasta creo haberlo roto.
-No, no -dijo Caderousse-; en cuanto a eso estoy seguro, lo vi en un rincón,
doblado y arrugado; ojalá estuviese aún allí.
-¿Qué quieres? Si Fernando lo cogió lo habrá copiado o hecho copiar, y aun sabe
Dios si se tomaría esa molestia. Ahora que caigo en ello, ¡Dios mío!, quizás
envió mi propia carta. Afortunadamente yo desfiguré mucho la letra.
-Pero ¿sabías tú que Dantés conspiraba?
-¿Qué había de saber? Aquello fue una broma, como ya lo dije. Pero me parece
que, al igual que los arlequines, dije la verdad al bromear.
-Lo mismo da -replicó Caderousse-. Yo, sin embargo, daría cualquier cosa por que
no ocurriera lo que ha ocurrido, o por lo menos por no haberme metido en nada:
ya verás como por esto nos sucede también a nosotros alguna desgracia, Danglars.
-En todo caso, la desgracia caerá sobre el verdadero culpable, y el verdadero
culpable es Fernando y no nosotros. ¿Qué desgracia quieres que nos sobrevenga?
Vivamos tranquilos, que ya pasará la tempestad.
-¡Amén! -dijo Caderousse, haciendo una señal de despedida a Danglars y
dirigiéndose a la alameda de Meillan, moviendo la cabeza y hablando consigo
mismo, como aquellas personas que están muy preocupadas con sus pensamientos.
-¡Magnífico! -murmuró Danglars-, las cosas toman el giro que yo esperaba. De
momento ya soy capitán, y si ese imbécil de Caderousse se calla, capitán para
siempre... Sólo me atormenta el pensar que si la justicia diera libertad a
Dantés... ¡Oh...!, no -añadió, sonriendo con satisfacción-, la justicia es la
justicia, y en ella confío.
Y dicho esto saltó a una barca y dio orden al barquero para que le condujera a
bordo del Faraón, adonde, como ya recordará el lector, le había citado el señor
Morrel.
Capítulo sexto
El sustituto del procurador del rey
En la calle de Grand-Cours, lindando con la fuente de las Medusas, en una de
esas antiguas casas de arquitectura aristocrática, edificadas por Puget, se
celebraba también en el mismo día y en la misma hora un banquete de bodas, con
la diferencia de que en lugar de ser los personajes y anfitriones gente del
pueblo, marineros y soldados, pertenecían a la más alta sociedad de Marsella.
Tratábase de antiguos magistrados que habían dimitido sus empleos en tiempo del
usurpador, antiguos oficiales desertores de sus filas para pasarse a las del
ejército de Condé, y jóvenes de ilustre alcurnia, todavía poco elevados a pesar
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