deberá decirme un día: < Señor vizconde, ¿sabéis que doy dos millones a mi hija?
"
-Creo ---dijo Beauchamp- que ese casamiento no se efectuará. El rey ha podido
hacerle barón, podrá hacerle par, pero no lo hará caballero, el conde de Morcef
es un valiente demasiado aristocrático para consentir, mediante dos pobres
millones, en una baja alianza. El vizconde de Morcef no debe casarse sino con
una marquesa.
-Dos millones... no dejan de ser una bonita suma -repuso Morcef.
-Es el capital social de un teatro de boulevard o del ferrocarril del Jardín
Botánico en la Rapée.
-Dejadle hablar, Morcef -repuso Debray- y casaos. Es lo mejor que podéis hacer.
-Sí, sí, creo que tenéis razón, Luciano -respondió tristemente Alberto.
-Y además, todo millonario es noble como un bastardo, es decir, puede llegar a
serlo.
-¡Callad! No digáis eso, Debray -replicó Beauchamp riendo-, porque ahí tenéis a
Chateau Renaud, que, para curaros de vuestra manía, os introducirá por el cuerpo
la espada de Renaud de Montauban,su antepasado.
-Haría mal -respondió Luciano-, porque yo soy villano, y muy villano.
-¡Bueno! -exclamó Beauchamp-, aquí tenemos al ministerio cantando el Beranger;
¿dónde vamos a parar, Dios mío?
-¡El señor de Chateau Renaud! ¡El señor Maximiliano Morrel! -dijo el criado,
anunciando a dos nuevos invitados.
-Ya estamos todos, mas si no me equivoco, ¿no esperaban más que dos personas?
-¡Morrel! -exclamó Alberto sorprendido-, ¡Morrel! ¿Quién será ese señor?
Pero antes de que hubiese terminado de hablar, el señor de Chateau Renaud
estrechaba la mano a Alberto.
-Permitidme, amigo mío -le dijo-, presentaros al señor capitán de spahis,
Maximiliano Morrel, mi amigo, y además mi salvador. Por otra parte, él se
presenta bien por sí mismo; saludad a mi héroe, vizconde.
Y se retiró a un lado para descubrir a aquel joven alto y de noble continente,
de frente ancha, mirada penetrante, negros bigotes, a quien nuestros lectores
recordarán haber visto en Marsella, en una circunstancia demasiado dramática
para haberla olvidado. En su rico uniforme medio francés, medio oriental, hacía
resaltar la cruz de la Legión de Honor.
El joven oficial se inclinó con elegancia; Morrel era elegante en todos sus
movimientos, porque era fuerte.
-Caballero -dijo Alberto con una política afectuosa-, el señor barón de Chateau
Renaud sabía de antemano el placer que me causaría al presentaros..Sois uno de
sus amigos, caballero, sedlo, pues, también nuestro.
-Muy bien -dijo el barón de Chateau Renaud-, y desead, mi querido vizconde, que
si llega el caso, haga por vos lo que ha hecho por mí.
-¿Y qué ha hecho? -inquirió Alberto.
__¡Oh! --dijo Morrel-, no vale la pena hablar de ello, y el señor exagera las
cosas.
-¡Cómo! ¡Que no vale la pena! ¡Conque la vida no vale nada... ! Bueno, que
digáis eso por vos, que exponéis vuestra vida todos los días, pero por mí, que
la expongo por casualidad...
-Lo más claro que veo en esto es que el señor capitán Morrel os ha salvado la
vida...
-Sí, señor; eso es -dijo Chateau Renaud.
-¿Y en qué ocasión? -preguntó Beauchamp.
-¡Beauchamp, amigo mío, habéis de saber que me muero de hambre! --dijo Debray-,
no empecéis con vuestras historias.
-¡Pues bien!, yo no impido que vayamos a almorzar, yo... Chateau Renaud nos lo
contará en la mesa.
-Señores -dijo Morcef-, todavía no son más que las diez y cuarto, aún tenemos
que esperar a otro convidado.

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