Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de esta historia
recordarán cuán terrible era en aquel tiempo tal acusación. Mercedes exhaló un
grito, y el anciano se dejó caer en una silla.
-¡Oh! -murmuró Caderousse-, me habéis engañado, Danglars, y al fin hicisteis lo
de ayer. Pero no quiero dejar morir a ese anciano y a esa joven, y voy a
contárselo todo.
-¡Calla, infeliz! -exclamó Danglars agarrando la mano de Caderousse-, ¡calla!, o
no respondo de ti. ¿Quién lo dice que Dantés no es culpable? El buque tocó en la
isla de Elba; él desembarcó, permaneciendo todo el día en Porto-Ferrajo. Si le
han hallado con alguna carta que le comprometa, los que le defiendan, pasarán
por cómplices suyos.
Con el rápido instinto del egoísmo, Caderousse comprendió lo atinado de la
observación, miró a Danglars con admiración, y retrocedió dos pasos.
-Esperemos, pues -murmuró.
-Sí, esperemos -dijo Danglars-; si es inocente, le pondrán en libertad; si es
culpable, no vale la pena comprometerse por un conspirador.
-Vámonos, no puedo permanecer aquí por más tiempo.
-Sí, ven -dijo Danglars, satisfecho al alejarse acompañado-; ven, y dejemos que
salgan como puedan de ese atolladero.
Tan pronto como partieron, Fernando, que había vuelto a ser el apoyo de la
joven, cogió a Mercedes de la mano y la condujo a los Catalanes. Los amigos de
Dantés condujeron a su vez a la alameda de Meillán al anciano casi desmayado.
En seguida se esparció por la ciudad el rumor de que Dantés acababa de ser preso
por agente bonapartista.
-¿Quién lo hubiera creído, mi querido Danglars? -dijo el señor Morrel
reuniéndose a éste y a Caderousse, en el camino de Marsella, adonde se dirigía
apresuradamente para adquirir algunas noticias directas de Edmundo por el
sustituto del procurador del rey, señor de Villefort, con quien tenía algunas
relaciones-. ¿Lo hubierais vos creído?
-¡Diantre! -exclamó Danglars-, ya os dije que Dantés hizo escala en la isla de
Elba sin motivo alguno, lo cual me pareció sospechoso.
-Pero ¿comunicasteis vuestras sospechas a alguien más que a mí?
-Líbreme Dios de ello, señor Morrel -dijo en voz baja Danglars-; bien sabéis que
por culpa de vuestro tío, el señor Policarpo Morrel, que ha servido en sus
ejércitos, y que no oculta sus opiniones, sospechan que lamentáis la caída de
Napoleón, y mucho me disgustaría el causar algún perjuicio a Edmundo o a vos.
Hay ciertas cosas que un subordinado debe decir a su principal, y ocultar
cuidadosamente a los demás.
-¡Bien! Danglars, ¡bien! -contestó el naviero-, sois un hombre honrado. Hice
bien al pensar en vos para cuando ese pobre Dantés hubiese llegado a ser capitán
del Faraón.
-Pues ¿cómo...?
-Sí, ya había preguntado a Dantés qué pensaba de vos y si tenía alguna
repugnancia en que os quedarais en vuestro puesto, pues, yo no sé por qué, me
pareció notar que os tratabais con alguna frialdad.
-¿Y qué os respondió?
-Que creía efectivamente que, por una causa que no me dijo, le guardabais cierto
rencor; pero que todo el que poseía la confianza del consignatario, poseía la
suya también.
-¡Hipócrita! -murmuró Danglars.
-¡Pobrecillo! -dijo Caderousse-,era un muchacho excelente.
-Sí, pero entretanto -indicó el señor Morrel-, tenemos al Faraón sin capitán.
-¡Oh! -dijo Danglars-, bien podemos esperar, puesto que no partimos hasta dentro
de tres meses, que para entonces ya estará libre Dantés.
-Sí, pero mientras tanto...
-¡Mientras tanto..., aquí me tenéis, señor Morrel! -dijo Danglars-. Bien sabéis
que conozco el manejo de un buque tan bien como el mejor capitán. Esto no os

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