Dantés bajó la escalera precedido del comisario de policía y rodeado de
soldados. Un coche los esperaba a la puerta, y subió a él, seguido de los
soldados y del comisario. La portezuela se cerró, y el carruaje tomó el camino
de Marsella.
-¡Adiós, Dantés! ¡Adiós, Edmundo! -exclamó Mercedes desde el balcón, adonde
salió desesperada.
El preso escuchó este último grito, salido del corazón doliente de su novia como
un sollozo, y asomando la cabeza por la ventanilla del coche, le contestó:
-¡Hasta la vista, Mercedes!
Y en esto desapareció por uno de los ángulos del fuerte de San Nicolás.
-Esperadme aquí -dijo el naviero-; voy a tomar el primer carruaje que encuentre:
corro a Marsella, y os traeré noticias suyas.
-Sí, sí, id -exclamaron todos a un tiempo-; id, y volved pronto.
A esta segunda marcha siguió un momento de terrible estupor en todos los que se
quedaban. El anciano y Mercedes permanecieron algún tiempo sumidos en el más
profundo abatimiento; pero al fin se encontraron sus ojos, y reconociéndose por
dos víctimas heridas del mismo golpe, se arrojaron en brazos uno de otro.
En todo este tiempo, Fernando, de vuelta a la sala, bebió un vaso de agua y fue
a sentarse en una silla. La casualidad hizo que Mercedes, al desasirse del
anciano, cayese sobre una silla próxima a aquélla donde él se hallaba, por lo
que Fernando, por un movimiento instintivo, retiró hacia atrás la suya.
-Ha sido él -dijo Caderousse a Danglars, que no perdía de vista al catalán.
-Creo que no -respondió Danglars-; es demasiado tonto. En todo caso, suya es la
responsabilidad.
-Y del que se lo aconsejó -repuso Caderousse.
-¡Ah! Si fuese uno responsable de todo lo que inadvertidamente dice...
-Sí, cuando lo que se dice inadvertidamente trae desgracias como ésta.
Mientras tanto, los grupos comentaban de mil maneras el arresto de Dantés.
-Y vos, Danglars -dijo una voz-, ¿qué pensáis de este acontecimiento?
-Yo -respondió Danglars- creo que traería algo de contrabando en El Faraón...
-Pero si así fuera, vos lo sabríais, Danglars; ¿no sois vos el responsable?
-Sí, pero no lo soy sino de lo que viene en factura. Lo que sé es que traemos
algunas piezas de algodón, tomadas en Alejandría en casa de Pastret, y en
Esmirna en casa de Pascal: no me preguntéis más.
-¡Oh!, ahora recuerdo -murmuró el pobre anciano al oír esto-, ahora recuerdo...
Ayer me dijo que traía una caja de café y otra de tabaco.
-Ya lo veis -dijo Danglars-, eso será sin duda; durante nuestra ausencia, los
aduaneros habrán registrado El Faraón y lo habrán descubierto. .
Casi insensible hasta el momento, Mercedes dio al fin rienda suelta a su dolor.
-¡Vamos, vamos, no hay que perder la esperanza! -dijo el padre de Dantés, sin
saber siquiera lo que decía.
-¡Esperanza! -repitió Danglars.
-¡Esperanza! -murmuró Fernando; pero esta palabra le ahogaba; sus labios se
agitaron sin articular ningún sonido.
-¡Señores! -gritó uno de los invitados que se había quedado en una de las
ventanas-; señores, un carruaje... ¡Ah! ¡Es el señor Morrel! ¡Valor! Sin duda
trae buenas noticias.
Mercedes y el anciano saliéronle al encuentro, y reuniéronse con él en la
puerta: el señor Morrel estaba sumamente pálido.
-¿Qué hay? -exclamaron todos a un tiempo.
-¡Ay!, amigos míos -respondió Morrel moviendo la cabeza-, la cosa es más grave
de lo que nosotros suponíamos...
-Señor -exclamó Mercedes-, ¡es inocente!
-Lo creo -respondió Morrel-; pero le acusan...
-¿De qué? -preguntó el viejo Dantés.
-De agente bonapartista.

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