prueba, los apagadores gigantescos, los abanicos sobrehumanos que se ponen en
práctica? Cada cual se apresuró a comprar y encender moccoletto y lo propio
hicieron Franz y Alberto.
La noche se acercaba rápidamente, y ya al grito de ¡Moccoli! repetido por las
estridentes voces de un millar de industriales, dos o tres estrellas empezaron a
brillar encima de la turba. Esto fue lo suficiente para que antes de que
transcurrieran diez minutos, cincuenta mil luces brillasen descendiendo del
palacio de Venecia a la plaza del Popolo y volviendo a subir de la plaza del
Popolo al palacio de Venecia. Hubiérase dicho que aquella era una fiesta de
fuegos fatuos, y tan sólo viéndolo es como uno se puede formar una idea de aquel
maravilloso espectáculo.
Imaginemos que todas las estrellas se destacan del cielo y vienen a mezclarse en
la tierra a un baile insensato. Todo acompañado de gritos, cual nunca oídos
humanos han percibido sobre el resto de la superficie del globo.
En este momento sobre todo, es cuando desaparecen las diferencias sociales. El
facchino se une al príncipe, el príncipe al transteverino, el transteverino al
hombre de la clase media, cada cual soplando, apagando, encendiendo. Si el viejo
Eolo apareciese en este momento sería proclamado rey de los moccoli, y Aquilón,
heredero presunto de la corona.
Esta escena loca y bulliciosa suele durar unas dos horas; la calle del Corso
estaba iluminada como si fuese de día; distinguíanse las facciones de los
espectadores hasta el tercero o cuarto piso. De cinco en cinco minutos Alberto
sacaba su reloj; al fin éste señaló las siete. Los dos amigos se hallaban
justamente a la altura de la Vía Pontifici; Alberto saltó del carruaje con su
moccoletto en la mano.
Dos o tres máscaras quisieron acercarse a él para arrancárselo o apagárselo,
pero, a fuer de hábil luchador, Alberto las envió a rodar una tras otra a diez
pasos de distancia y prosiguió su camino hacia la iglesia de San Giacomo. Las
gradas estaban atestadas de curiosos y de máscaras que luchaban sobre quién se
arrancaría de las manos la luz. Franz seguía con los ojos a Alberto, y le vio
poner el pie sobre el primer escalón. Casi al mismo tiempo, una máscara con el
traje bien conocido de la aldeana del ramillete, extendiendo el brazo, y sin que
esta vez hiciese él ninguna resistencia, le arrancó el moccoletto.
Franz se encontraba muy lejos para escuchar las palabras que cambiaron, pero sin
duda nada tuvieron de hostil, porque vio alejarse a Alberto y a la aldeana
cogidos amigablemente del brazo. Por espacio de algún tiempo los siguió con la
vista en medio de la multitud, pero en la Vía Macello los perdió de vista.
De pronto, el sonido de la campana que da la señal de la conclusión del Carnaval
sonó, y al mismo instante todos los moccoli se apagaron como por encanto.
Habríase dicho que un solo a inmenso soplo de viento los había aníquilado. Franz
se encontró en la oscuridad más profunda.
Con el mismo toque de campana cesaron los gritos, como si el poderoso soplo que
había apagado las luces hubiese apagado también el bullicio, y ya nada más se
oyó que el ruido de las carrozas que conducían a las máscaras a su casa, ya nada
más se vio que las escasas luces que brillaban detrás de los balcones. El
Carnaval había terminado.
Capítulo quince
Las catacumbas de San Sebastián
Ningún otro momento de su vida había sido para Franz tan impresionable, tan
vivo, como el paso rápido que de la alegría a la tristeza sintió en aquel
instante. Hubiérase dicho que Roma, bajo el soplo mágico de algún demonio
nocturno, acababa de cambiarse en una vasta tumba. Por una casualidad que
aumentaba aún las tinieblas, la luna se encontraba en su cuarto menguante, no
debía salir hasta las doce de la noche. Las calles que el joven atravesaba
estaban sumergidas en la mayor oscuridad, pero como el trayecto era corto, al
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