Fernando estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Danglars, que no le
perdía de vista un momento, le vio observar a Dantés con inquieta mirada,
levantarse como por un movimiento convulsivo, y volver a desplomarse en el sitio
donde se hallaba antes.
Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios, voces confusas y
armas, ahogando las exclamaciones de los convidados a imponiendo a toda la
asamblea el silencio del estupor. El ruido se oyó más cerca: en la puerta
resonaron tres golpes...; cada cual miraba a su alrededor con asombro.
-¡En nombre de la ley! -gritó una voz sonora.
La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su faja y a cuatro
soldados y un cabo. Con esto, a la inquietud sucedió el terror.
-¿Qué se ofrece? -preguntó Morrel avanzando hacia el comisario, a quien conocía-
;sin duda venís equivocado.
-Si ha sido así, señor Morrel -respondió el comisario-, creed que pronto se
deshará la equivocación. Entretanto, y por muy sensible que me sea, debo cumplir
con la orden que tengo. ¿Quién de vosotros, señores, se llama Edmundo Dantés?
Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmovido, aunque
conservando toda su dignidad, dio un paso hacia delante y respondió:
-Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?
-Edmundo Dantés -repuso el comisario-, en nombre de la ley, daos preso.
-¡Preso yo! -dijo Edmundo, cuyo rostro se cubrió de una leve palidez-. ¡Preso
yo!, pero ¿por qué?
-Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio a que seréis
sometido.
El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comisario con su faja
no es ya un hombre, es la estatua de la ley, fría, sorda, muda. El viejo, por el
contrario, se precipitó hacia el comisario: hay ciertas cosas que nunca podrá
comprender el corazón de un padre o de una madre. Rogó, suplicó; pero ruegos y
lágrimas fueron inútiles. Sin embargo, su desesperación era tan grande, que el
comisario al fin se conmovió.
-Tranquilizaos, caballero -le dijo-, quizá se habrá olvidado vuestro hijo de
algunos de los requisitos que exigen la aduana o la sanidad. Yo así lo creo.
Cuando se hayan tomado los informes que se desean, le pondrán en libertad.
-¿Qué significa esto? -preguntó Caderousse frunciendo el entrecejo y mirando a
Danglars, que aparentaba sorpresa.
-¿Qué sé yo? -respondió Danglars-; como tú, veo y estoy perplejo, sin comprender
nada de todo ello.
Caderousse buscó con los ojos a Fernando, pero éste había desaparecido.
Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos sus pormenores.
Aquella catástrofe acababa de arrancar el velo que la embriaguez había echado
entre su entendimiento y su memoria.
-¡Oh! -dijo con voz ronca-, ¿quién sabe si esto será el resultado de la broma de
que hablabais ayer, Danglars? En ese caso, desgraciado de vos, porque es muy
triste broma por cierto.
-Ya viste que rompí aquel papel -balbució Danglars.
-No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón.
-¡Calla! Tú estabas borracho.
-¿Qué es de Fernando?
-¡Qué sé yo! Habrá tenido que hacer. Pero en vez de ocuparte de él, consolemos a
esos pobres afligidos.
Efectivamente, durante la conversación, Dantés había dado la mano sonriendo a
sus amigos, y después de abrazar a Mercedes, se había entregado al comisario,
diciendo:
-Tranquilizaos, pronto se reparará el error, y probablemente no llegaré a entrar
en la cárcel.
-¡Oh!, seguramente -dijo Danglars, que, como ya hemos dicho, se acercaba en este
momento al grupo principal.

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