-Y bien -preguntó al conde-, ¿qué ha pasado?
-Nada, absolutamente nada -dijo-, como veis, pero el Carnaval ha comenzado,
vistámonos pronto.
-Es cierto -respondió Franz al conde-; sólo restan de tan horrible escena las
huellas de un sueño.
-Pues no es otra cosa que un sueño, lo que habéis tenido.
-Sí, pero, ¿y el condenado?
-También. Pero él ha quedado dormido, al paso que vos habéis despertado, y
¿quién puede decir cuál de los dos será el privilegiado?
-Pero, ¿qué ha sido de Pepino?
-Pepino es un muchacho juicioso que no tiene ningún amor propio, y que, contra
la costumbre de los hombres, que se enfurecen cuando no se ocupan de ellos, se
ha alegrado de que la atención general se fijase en su compañero. Por
consiguiente, se ha aprovechado de esta distracción para deslizarse por entre la
turba y desaparecer sin dar siquiera las gracias a los dignos sacerdotes que le
habían acompañado. Verdaderamente el hombre es un animal muy ingrato y
egoísta... Pero vestíos, mirad cómo os da el ejemplo M... de Morcef.
En efecto, Alberto se ponía maquinalmente su pantalón de tafetán encima de su
pantalón negro y de sus botas charoladas.
-Y bien, Alberto -preguntó Franz-, ¿estáis dispuesto a cometer algunas locuras?
Veamos, responded francamente.
-No -dijo-, pero os aseguro que ahora me alegro de haber visto este espectáculo,
y comprendo lo que decía el señor conde, que cuando uno ha podido acostumbrarse
a él, es el único que aún puede causar algunas emociones.
-Además de que en ese momento se pueden hacer estudios de los caracteres -dijo
el conde-; en el primer escalón del patíbulo, la muerte arranca la máscara que
se ha llevado toda la vida y aparece el verdadero rostro. Preciso es convenir
que el de Andrés no estaba muy bonito... ¡Pícaro, infame...! ¡Vistámonos,
señores, vistámonos! Tengo necesidad de ver máscaras de cartón para consolarme
de las máscaras de carne.
Ridículo hubiera sido para Franz el aparentar aún conmoción y no seguir el
ejemplo que le daban sus dos compañeros. Púsose, pues, su traje y su careta, que
no era seguramente más pálida que su rostro. Después de disfrazarse, bajaron la
escalera. El carruaje esperaba a la puerta, lleno de dulces y de ramilletes.
Difícil es formarse una idea de un cambio más completo que el que acababa de
operarse.
En vez de aquel espectáculo de muerte, sombrío y silencioso, la plaza del Popolo
presentaba el aspecto de una orgía loca y bulliciosa. Un sinnúmero de máscaras
salía por todas partes, escapándose de las puertas y descendiendo por los
balcones. Los carruajes desembocaban por todas las calles cargados de pierrots,
de figuras grotescas, de dominós, de marqueses, de transtiberinos, de
arlequines, de caballeros, de aldeanos; todos gritando, gesticulando, lanzando
huevos llenos de harina, confites, ramilletes, atacando con palabras y
proyectiles a los amigos y a los extraños, a los conocidos y desconocidos, sin
que nadie tuviese derecho para enfadarse, sin que nadie hiciese otra cosa más
que reír.
Franz y Alberto parecían esos hombres que, para distraerse de un violento pesar,
van a una orgía, y que a medida que beben y se embriagan, sienten interponerse
un denso velo entre el presente y lo pasado. Siempre veían o más bien
conservaban el reflejo de lo que habían visto. Pero poco a poco los iba
dominando la embriaguez general, parecióles que su razón vacilante iba a
abandonarlos, sentían una extraña necesidad de tomar parte en aquel ruido, en
aquel movimiento, en aquel vértigo.
Un puñado de confites dirigido a Morcef desde un carruaje próximo y que cubrióle
de polvo, así como a sus compañeros, el cuello y la parte de rostro que no
estaba cubierto por la máscara, como si le hubiesen lanzado cien alfileres,
acabó por impelerle a la lucha general, en la que entraban todas las máscaras

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