hemos obtenido dispensa de las amonestaciones, y a las dos y media el alcalde de
Marsella nos espera en el Ayuntamiento. Por lo tanto, como acaba de dar la una y
cuarto, creo no haberme engañado mucho al decir que dentro de una hora y treinta
minutos, Mercedes se llamará la señora Dantés.
Fernando cerró los ojos; una nube de fuego le abrasaba los párpados; apoyóse
sobre la mesa, y a pesar de todos sus esfuerzos no pudo contener un sordo
gemido, que se perdió en el rumor causado por las risas y por las felicitaciones
de la concurrencia.
-A eso le llamo yo ser activo -dijo el padre de Dantés-. Ayer llegó y hoy se
casa..., nadie gana a los marinos en actividad.
-Pero ¿y las formalidades? -preguntó tímidamente Danglars- ¿el contrato... ?
-El contrato -le interrumpió Dantés riendo-, el contrato está ya hecho. Mercedes
no tiene nada, yo tampoco; nos casamos en iguales condiciones; conque ya se os
alcanzará que ni se habrá tardado en escribir el contrato, ni costará mucho
dinero.
Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de enhorabuenas.
-Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas -dijo Danglars.
-No -repuso Dantés-, no la perderéis por eso, podéis estar tranquilos. Mañana
parto para París: cuatro días de ida, cuatro de vuelta y uno para desempeñar
puntualmente la misión de que estoy encargado; el primero de marzo estoy ya
aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de marzo.
La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal punto, que el padre
de Dantés, que al principio de la comida se quejaba del silencio, hacía ahora
vanos esfuerzos para expresar sus deseos de que Dios hiciera felices a los
esposos.
Dantés adivinó el pensamiento de su padre, y se lo pagó con una sonrisa llena de
amor. Mercedes entretanto miraba 1a hora en el reloj de la sala, haciendo
picarescamente cierta señal a Edmundo. Reinaba en la mesa esa alegría ruidosa y
esa libertad individual que siempre se toman las personas de clase inferior al
fin de la comida. Los que no estaban contentos en sus sitios, se habían
levantado para ocupar otros nuevos.
Todos empezaban ya a hablar en confusión, y nadie respondía a su interlocutor,
sino a sus propios pensamientos.
La palidez de Fernando se comunicaba por minutos a Danglars. Aquél, sobre todo,
parecía presa de mil tormentos horribles. Había sido de los primeros en
levantarse y se paseaba por la sala, procurando apartar su oído de la algazara,
de las canciones y del choque de los vasos.
Acercóse a él Caderousse en el momento en que Danglars, de quien parecía huir,
acababa de reunírsele en un ángulo de la sala.
-En verdad -dijo Caderousse, a quien la amabilidad de Dantés, y sobre todo el
vino del tío Pánfilo, habían hecho olvidar enteramente el odio que inspiró la
repentina felicidad de Edmundo-; en verdad que Dantés es un guapo mozo, y cuando
le veo sentado junto a su novia, digo para mí, que hubiera sido una lástima
jugarle la mala pasada que intentabais ayer.
-Pero ya has visto -respondió Danglars- que aquello no pasó de una conversación.
Ese pobre Fernando estaba ayer tan fuera de sí, que me causó lástima al
principio; pero, desde que decidió asistir a la boda de su rival, no hay ya
temor alguno.
Caderousse miró entonces a Fernando, que estaba lívido.
-El sacrificio es tanto mayor -prosiguió Danglars- cuanto que la muchacha es de
perlas. ¡Diantre!, miren si es dichoso mi futuro capitán. Quisiera llamarme
Dantés, no más que por doce horas.
-¿Vámonos? -dijo en este punto con dulce voz Mercedes-; acaban de dar las dos, a
las dos y cuarto nos esperan.
-Sí, sí -contestó Dantés levantándose inmediatamente.
-Vamos -repitieron a coro todos los convidados.
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