suplicio. Tienen por objeto invitar a los fieles a que rueguen a Dios para que
dé a los culpables un sincero arrepentimiento.
-¿Y os traen esas tabletas para que unáis vuestras súplicas a las de los fieles?
-preguntó Franz irónicamente.
-No, excelencia. Yo me entiendo con el repartidor y me trae esos anuncios, como
también me trae los anuncios de espectáculos de otros géneros, a fin de que si
alguno de los viajeros que tengo la honra de albergar en mi casa desea asistir a
la ejecución, lo sepa por anticipado.
-¡Ah!, ya comprendo, maese Pastrini -exclamó Franz-, ¡sois hombre en extremo
solícito y delicado, que se desvive por complacer a sus huéspedes!
-¡Oh! --dijo maese Pastrini sonriendo-, puedo vanagloriarme de hacer cuanto está
en mi mano para satisfacer los deseos de los nobles extranjeros que me honran
con su confianza.
-Eso es lo que veo, querido huésped, y lo repetiré a quien quiera oírlo, no lo
dudéis. Mientras tanto, desearía leer una de esas tavolette.
-Nada más fácil -dijo el huésped abriendo la puerta-, he dado órdenes de poner
una en el corredor.
Salió, descolgó la tavoletta, y la presentó a Franz. He aquí la traducción
literal del cartel patibulario:

"Se hace saber a todos los que la presente vieren y entendieren, que el martes,
22 de f ebrero, primer día de Carnaval, y en virtud de sentencia dada por el
tribunal de la Rota, serán ejecutados en la plaza del Popolo los llamados Andrés
Róndolo, culpable de asesinato en la persona muy respetable y venerada de D.
César Torloni, canónigo de la iglesia de San Juan de Letrán, y el llamado
Pepino, alias Rocca Priori, convicto de complicidad con el detestable Luigi
Vampa y los demás de su banda. EL primero será mazzolato, y el segundo
decapitado. Se ruega a las almas caritativas que pidan al Ser Supremo un sincero
arrepentimiento para estos dos infelices reos."

Esto mismo era lo que Franz había oído la antevíspera en las ruinas del Coliseo,
y nada habían cambiado en el programa; los nombres de los condenados, la causa
de su suplicio y el género de su ejecución eran exactamente los mismos. Por
consiguiente, según toda probabilidad, el transtiberino no era otro que el
bandido Luigi Vampa, y el hombre de la caps, Simbad el Marino, que en Roma como
en PortoVecchio y en Túnez continuaba con sus filantrópicas expediciones.
Entretanto, el tiempo corría; eran las nueve y Franz iba a despertar a Alberto,
cuando con gran asombro de su padre, le vio salir de su cuarto vestido ya de
pies a cabeza. El carnaval le había hecho despertar más de mañana de lo que su
amigo esperaba.
-¡Vamos! -dijo Franz a su huésped-, ahora que ya estamos listos, ¿creéis, señor
Pastrini, que podremos presentarnos en la habitación del señor conde de
Montecristo?
-¡Oh!, seguramente -respondió- El conde de Montecristo acostumbra a madrugar, y
estoy convencido de que hace dos horas que se ha levantado.
-¿Y creéis que no será indiscreción el irle a ver ahora mismo?
-En modo alguno.
-En tal caso, Alberto, si estáis dispuesto...
--Sí, amigo mío, sí; estoy dispuesto a todo --dijo Alberto.
-Vamos a dar gracias a nuestro vecino por su atención.
-Vamos enhorabuena.
Franz y Alberto no tenían que atravesar más que el pasillo. El posadero se
adelantó y llamó; un criado salió a abrir.
-I signori francesi ---dijo Pastrini.
El criado se inclinó y les hizo señas de que entrasen.
Atravesaron dos piezas amuebladas con un lujo que no creían encontrar en la
fonda de maese Pastrini y finalmente llegaron a un salón sumamente elegante.

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