Mercedes estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Ceos, de ojos de
ébano y labios de coral. Su andar gracioso y desenvuelto parecía de andaluza o
de arlesiana. Una joven cortesana quizás hubiera procurado disimular su alegría;
pero Mercedes miraba a todos sonriéndose, como si con aquella sonrisa y aquellas
miradas les dijese: "Puesto que sois mis amigos, alegraos como yo, porque soy
muy dichosa. "
Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva, salió el señor
Morrel a su encuentro, seguido de los marineros y de los soldados, a los cuales
renovó la promesa de que Dantés sucedería al capitán Leclerc. Al verle Edmundo
dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que con la joven dieron la
señal subiendo los primeros la escalera de madera que conducía a la sala del
banquete.
-Padre mío --dijo Mercedes deteniéndose junto a la mesa-, vos a mi derecha, os
lo ruego. A mi izquierda pondré al que me ha servido de hermano -añadió con una
dulzura que penetró como la punta de un puñal hasta lo más profundo del corazón
de Fernando. Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su rostro fue fácil
distinguir cómo se retiraba poco a poco la sangre para agolparse al corazón.
Dantés había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a su derecha, y
con Danglars, que colocó a su izquierda, haciendo en seguida señas con la mano a
todos para que se colocaran a su gusto. Ya corrían de mano en mano por toda la
mesa los salchichones de Arlés, las brillantes langostas, las sabrosas ostras
del Norte, los exquisitos mariscos envueltos en su áspera concha, como la
castaña en su erizo, y las almejas que las gentes meridionales prefieren a las
anchoas; en fin, toda esa multitud de entremeses delicados que arrojan las olas
a la arenosa playa, y los pescadores designan con el nombre genérico de frutos
de mar.
-¡Qué silencio! -dijo el anciano saboreando un vaso de vino amarillo como el
topacio, que el tío Pánfilo acababa de traer a Mercedes-. ¿Quién diría que hay
aquí treinta personas que sólo desean hablar?
-¡Bah!, un marido no siempre está alegre -dijo Caderousse.
-El caso es -dijo Dantés-, que soy en este momento demasiado feliz para estar
alegre.
-Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación extraña, que
oprime el corazón casi tanto como el dolor.
Danglars observaba a Edmundo, cuyo espíritu impresionable absorbía y devolvía
toda emoción.
-Qué -le dijo-, ¿teméis algo? Me parece que todo marcha según vuestros deseos.
-Justamente es eso lo que me espanta -respondió Dantés-, paréceme que el hombre
no ha nacido para ser feliz con tanta facilidad. La dicha es como esos palacios
de las islas encantadas, cuyas puertas guardan formidables dragones; preciso es
combatir para conquistar, y yo, a la verdad, no sé que haya merecido la dicha de
ser marido de Mercedes.
-¡Marido! ¡Marido! -dijo Caderousse riendo-; aún no, mi capitán. Haz de marido
un poco, y ya verás la que se arma.
Mercedes se ruborizó.
Fernando estaba muy agitado en su silla, estremeciéndose al menor ruido, y
limpiándose las gruesas gotas de sudor que corrían por su frente como las
primeras gotas de una lluvia de tormenta.
-A fe mía, vecino Caderousse -dijo Dantés-, que no vale la pena que me
desmintáis por tan poca cosa. Mercedes no es aún mi mujer, tenéis razón -y sacó
su reloj-; pero dentro de hora y media lo será.
Los presentes profirieron un grito de sorpresa, excepto el padre de Dantés, cuya
sonrisa dejaba ver una fila de dientes bien conservados. Mercedes sonrióse sin
ruborizarse, y Fernando apretó convulsivamente el mango de su cuchillo.
-¡Dentro de hora y medía! -dijo Danglars, palideciendo también-, ¿cómo es eso?
-Sí, amigos míos -respondió Dantés-; gracias al señor Morrel, al hombre a quien
debo más en el mundo después de mi padre, todos los obstáculos se han allanado;

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