Hacía algunos minutos que estaba allí y ya comenzaba a impacientarse, cuando un
ligero ruido se dejó oír en la parte superior. Al punto una sombra interceptó la
luz. Un hombre apareció en la abertura, arrojó una ojeada penetrante por las
tinieblas, y al fin distinguió al hombre de la capa. Después, cogiéndose a un
puñado de aquellas enredaderas y de aquellas hiedras flotantes, se dejó
deslizar, y cuando llegó a tres o cuatro pies del pavimento, dejóse caer
ligeramente. Es de advertir que el nuevo personaje vestía un traje de
transtevere.
-Disculpadme, excelencia -dijo en dialecto romano-, si os he hecho esperar; sin
embargo, no me he retardado más que algunos minutos, porque las diez acaban de
dar en San Juan de Letrán.
-Más bien soy yo quien se ha adelantado -respondió el extranjero en el más puro
toscano-; así, pues, nada de cumplidos y luego, a,mque hubieseis tardado más, ya
me habría figurado que sería por una causa ajena a vuestra voluntad.
-Y os lo hubierais figurado con razón, excelencia. Vengo del castillo de San
Angelo, y me ha costado gran trabajo el hablar a Beppo.
-¿Quién es Beppo?
-Beppo es un empleado de la cárcel al que le tengo destinada una rentita para
saber todo cuanto ocurre en el interior del Castillo de Su Santidad.
-¡Ah! , ¡ah! , veo que sois un hombre cauto, querido.
-¡Qué queréis, excelencia! Nadie sabe lo que cualquier día puede acontecer. Tal
vez a mí mismo me echarán un día el guante, como ha sucedido con el pobre
Pepino, y necesitaré entonces un ratón que me roa las puertas de la cárcel.
-En fin, ¿qué habéis averiguado?
-El martes habrá dos ejecuciones, a las dos, como es costumbre en Roma; un
condenado será mazzolato; éste es un miserable que ha asesinado a un sacerdote
que le educó, y que no merece ningún interés; el otro será decapitado, y éste es
el pobre Pepino.
-¡Ya veis, querido! Inspiráis tanto terror no solamente al gobierno pontifical,
sino a los reinos vecinos, que quieren hacer un ejemplar castigo.
-Pero Pepino no forma parte de nuestra banda, es un pobre pastor que no ha
cometido más crimen que el de proporcionamos víveres.
-Pues eso basta y sobra para que se le considere como vuestro cómplice; así
pues, ya veis que le guardan algunas consideraciones. En vez de martirizarlo
como harían con vos, si os llegaran a echar la mano, se contentan con
guillotinarlo. Esto variará los planes del pueblo y habrá espectáculo para toda
clase de gustos.
-Sin el que yo preparo y con el cual no cuentan -prosiguió el transtevere.
-Amigo mío, permitidme deciros -prosiguió el hombre de la capa-, que me parecéis
dispuesto a hacer alguna simpleza.
-Estoy dispuesto a todo para impedir la ejecución del pobre diablo que morirá
por causa mía; ¡por la madonna!, me consideraría muy cobarde si no hiciese algo
por ese valiente muchacho.
-¿Y qué es lo que pensáis hacer?, veamos...
-Apostaré unos veinte hombres alrededor del cadalso, y en el momento en que le
conduzcan, a una señal mía, nos lanzaremos, daga en mano, sobre la escolta, y le
libertaremos.
-Eso me parece muy peligroso, y decididamente creo que mi proyecto vale mucho
más que el vuestro.
-¿Y cuál es vuestro proyecto, excelencia?
-Daré dos mil piastras a una persona que yo sé y que obtendrá que la ejecución
de Pepino se dilate hasta dentro de un año; luego daré otras mil piastras a otra
persona que también conozco y le haré evadir de la prisión.
-¿Estáis seguro de obtener buen éxito?
-¡Diantre! -dijo en francés el hombre de la capa.
-¿Qué decís? -preguntó el transtevere.
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