Amaneció un día magnífico: el tiempo estaba hermosísimo; el sol, puro y
brillante, y sus primeros rayos, de un rojo purpúreo, doraban las espumas de las
olas.
La comida había sido preparada en el primer piso de La Reserva, cuyo emparrado
ya conocemos. Se componía aquél de un gran salón iluminado por cinco o seis
ventanas; encima de cada una se veía escrito el nombre de una de las mejores
ciudades de Francia. Todas estas ventanas caían a un balcón de madera: de madera
era también todo el edificio.
Si bien la comida estaba anunciada para las doce, desde las once de la mañana
llenaban el balcón multitud de curiosos impacientes. Eran éstos los marineros
privilegiados de El Faraón y algunos soldados amigos de Dantés. Todos se habían
puesto de gala para honrar a los novios. Entre los convidados circulaba cierto
murmullo ocasionado porque los consignatarios de El Faraón habían de honrar con
su presencia la comida de boda del segundo. Era tan grande este honor, que nadie
se atrevía a creerlo, hasta que Danglars, que llegaba con Caderousse, confirmó
la noticia, porque aquella mañana había visto al señor Morrel, y le dijo que
asistiría a la comida de La Reserva.
Efectivamente, un instante después Morrel entró en la sala y fue saludado por
los marineros con un unánime viva y con aplausos. La presencia del naviero les
confirmaba las voces que corrían de que Dantés iba a ser su capitán; y como
todos aquellos valientes marineros le querían tanto, le daban gracias, porque
pocas veces la elección de un jefe está en armonía con los deseos de los
subordinados. No bien entró Morrel, cuando eligieron a Danglars y a Caderousse
para que saliesen al encuentro de los novios, y les previniesen de la llegada
del personaje que había producido tan viva sensación, para que se apresuraran a
venir pronto. Danglars y Caderousse se marcharon en seguida pero a los cien
pasos vieron que la comitiva se acercaba.
Esta se componía de cuatro jóvenes amigas de Mercedes, catalanas también, que
acompañaban a la novia, a quien daba el brazo Edmundo. junto a la futura
caminaba el padre de Dantés, y detrás de ellos venía Fernando con su siniestra
sonrisa. Ni Mercedes ni Edmundo se dieron cuenta de esa sonrisa: los pobres
muchachos eran tan felices que sólo pensaban en sí mismos, y no tenían ojos más
que para aquel hermoso cielo que los bendecía.
Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y dando después
un fuerte apretón de manos a Edmundo, Danglars se fue a colocar al lado de
Fernando, y Caderousse al del padre de Dantés, objeto de la atención general. El
anciano vestía una casaca de tafetán, con grandes botones de acero tallados.
Cubrían sus delgadas, aunque vigorosas piernas, unas medias de algodón que a la
legua olían a contrabando inglés. De su sombrero apuntado pendían con pintoresca
profusión cintas blancas y azules; se apoyaba en fin, en un nudoso bastón de
madera, encorvado por el puño como el pedum antiguo. Parecía uno de esos
figurones que adornaban en 1796 los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías.
junto a él habíase colocado, como ya hemos dicho, Caderousse, a quien la
esperanza de una buena comida acabó de reconciliar con los Dantés; Caderousse
conservaba un vago recuerdo de lo que había sucedido el día anterior, como
cuando al despertar por la mañana nos representa la imaginación el sueño que
hemos tenido por la noche.
Al acercarse Danglars a Fernando, dirigió una mirada penetrante al amante
desdeñado. Este, que caminaba detrás de los novios, completamente olvidado de
Mercedes, que con ese egoísmo sublime del amor sólo pensaba en Edmundo;
Fernando, repetimos, pálido y sombrío, de vez en cuando dirigía una mirada a
Marsella, y entonces un temblor convulsivo se apoderaba de sus miembros. Parecía
como si esperase, o más bien previese algún acontecimiento.
Dantés vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la marina mercante;
su traje participaba del uniforme militar y del traje civil; y con él y con la
alegría y gentileza de la novia, parecía más alegre y más bonita.
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