proporcionado, hermoso cabello y ojos negros, observándose en toda su persona
ese aire de calma y de resolución peculiares a los hombres avezados a luchar con
los peligros desde su infancia.
-¡Ah! ¡Sois vos Edmundo! ¿Qué es lo que ha sucedido? -preguntó el del bote- ¿Qué
significan esas caras tan tristes que tienen todos los de la tripulación?
-Una gran desgracia, para mí al menos, señor Morrel -respondió Edmundo-. Al
llegar a la altura de Civita-Vecchia, falleció el valiente capitán Leclerc...
-¿Y el cargamento? -preguntó con ansia el naviero.
-Intacto, sin novedad. El capitán Leclerc...
-¿Qué le ha sucedido? ¾preguntó el naviero, ya más tranquilo¾. ¿Qué le ocurrió a
ese valiente capitán?
-Murió.
-¿Cayó al mar?
-No, señor; murió de una calentura cerebral, en medio de horribles
padecimientos.
Volviéndose luego hacia la tripulación:
-¡Hola! ¾dijo¾ Cada uno a su puesto, vamos a anclar.
La tripulación obedeció, lanzándose inmediatamente los ocho o diez marineros que
la componían unos a las escotas, otros a las drizas y otros a cargar velas.
Edmundo observó con una mirada indiferente el principio de la maniobra, y viendo
a punto de ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su interlocutor.
-Pero ¿cómo sucedió esa desgracia? -continuó el naviero.
-¡Oh, Dios mío!, de un modo inesperado. Después de una larga plática con el
comandante del puerto, el capitán Leclerc salió de Nápoles bastante agitado, y
no habían transcurrido veinticuatro horas cuando le acometió la fiebre... y a
los tres días había fallecido. Le hicimos los funerales de ordenanza, y reposa
decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala del treinta y seis a los pies
y otra a la cabeza, a la altura de la isla de Giglio. La cruz de la Legión de
Honor y la espada las conservamos y las traemos a su viuda.
-Es muy triste, ciertamente ¾prosiguió el joven con melancólica sonrisa¾ haber
hecho la guerra a los ingleses por espacio de diez años, y morir después en su
cama como otro cualquiera.
-¿Y qué vamos a hacerle, señor Edmundo? ¾replicó el naviero, cada vez más
tranquilo¾; somos mortales, y es necesario que los viejos cedan su puesto a los
jóvenes; a no ser así no habría ascensos, y puesto que me aseguráis que el
cargamento...
-Se halla en buen estado, señor Morrel. Os aconsejo, pues, que no lo cedáis ni
aun con veinticinco mil francos de ganancia.
Acto seguido, y viendo que habían pasado ya la torre Redonda, gritó Edmundo:
-Largad las velas de las escotas, el foque y las de mesana.
La orden se ejecutó casi con la misma exactitud que en un buque de guerra.
-Amainad y cargad por todas partes.
A esta última orden se plegaron todas las velas, y el barco avanzó de un modo
casi imperceptible.
-Si queréis subir ahora, señor Morrel ¾dijo Dantés dándose cuenta de la
impaciencia del armador¾, aquí viene vuestro encargado, el señor Danglars, que
sale de su camarote, y que os informará de todos los detalles que deseéis. Por
lo que a mí respecta, he de vigilar las maniobras hasta que quede El Faraón
anclado y de luto.
No dejó el naviero que le repitieran la invitación, y asiéndose a un cable que
le arrojó Dantés, subió por la escala del costado del buque con una ligereza que
honrara a un marinero, mientras que Dantés, volviendo a su puesto, cedió el que
ocupaba últimamente a aquel que había anunciado con el nombre de Danglars, y que
saliendo de su camarote se dirigía adonde estaba el naviero.
El recién llegado era un hombre de veinticinco a veintiséis años, de semblante
algo sombrío, humilde con los superiores, insolente con los inferiores; de modo
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