Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen, prendiéndole, porque la carta se
hallará sobre su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El
Faraón.
-Está bien -añadió Danglars-. De este modo vuestra venganza tendría sentido
común, y de lo contrario podría recaer sobre vos mismo, ¿entendéis? Ya no queda
sino cerrar la carta, escribir el sobre -y Danglars hizo como decía-: Al señor
procurador del rey, y asunto concluido.
-Sí, asunto concluido -exclamó Caderousse, quien con los últimos resplandores de
su inteligencia había escuchado la lectura, y comprendiendo por instinto todas
las desgracias que podría causar tal denuncia; sí, negocio concluido; pero sería
una infamia.
Y alargó el brazo para coger la carta.
-Por supuesto -dijo Danglars, apartándole la mano-, lo que digo no es más que
una broma; y soy el primero que sentiría mucho que le sucediese algo a Dantés, a
ese bueno de Dantés. Vamos, ¡no faltaba más...! -y cogiendo la carta, la estrujó
entre los dedos, y la tiró a un rincón.
-¡Muy bien! -exclamó Caderousse-. Dantés es mi amigo, y no quiero que le hagan
ningún daño.
-¿Quién diablos piensa en hacerle daño? A lo menos no seremos ni Fernando ni yo
-dijo Danglars levantándose y mirando al joven, cuyos ojos estaban clavados en
el papel delator tirado en el suelo.
-En tal caso -replicó Caderousse-, que nos den más vino, quiero beber a la salud
de Edmundo y de la bella Mercedes.
-Bastante has bebido, ¡borracho! -dijo Danglars-; y como sigas bebiendo lo verás
obligado a dormir aquí, porque seguramente no podrás tenerte en pie.
-¡Yo! -balbuceó Caderousse levantándose con la arrogancia del borracho-; ¡yo no
poder tenerme! ¿Apuestas algo a que me atrevo a subir al campanario de las
Accoules derechito, sin dar traspiés?
-Está bien -dijo Danglars-, hago la apuesta; pero la dejaremos para mañana. Ya
es tiempo de que nos vayamos; dame el brazo.
-Vamos allá -dijo Caderousse-; mas para andar no necesito de lo brazo. ¿Vienes,
Fernando? ¿Vuelves a Marsella con nosotros?
-No -respondió Fernando-; me vuelvo a los Catalanes.
-Haces mal; ven con nosotros a Marsella.
-Nada tengo que hacer en Marsella, y no quiero ir.
-Bueno, bueno, no quieres, ¿eh? Pues haz lo que lo parezca: libertad para todos
en todo. Ven, Danglars, y dejémosle que vuelva a los Catalanes, si así lo
quiere.
Danglars aprovechó este instante de docilidad de Caderousse para llevarle hacia
Marsella; pero para dejar a Fernando más a sus anchas, en vez de irse por el
muelle de la Rive-Neuve, echó por la puerta de Saint-Victor. Caderousse le
seguía tambaleándose, cogido de su brazo. Apenas anduvieron unos veinte pasos,
Danglars volvió la cabeza tan a tiempo, que pudo ver al joven abalanzarse al
papel, que guardó en su bolsillo, dirigiéndose en seguida hacia Pillon.
-¡Calla! ¿Qué está haciendo? -dijo Caderousse-. Nos ha dicho que iba a los
Catalanes, y se dirige a la ciudad. ¡Oye, Fernando, vas descaminado, oye!
-Tú eres el que no ves bien -dijo Danglars-. ¡Si sigue derecho el camino de las
Vieilles Infirmeries.. . !
-Es cierto -respondió Caderousse-; pero hubiera jurado que iba por la derecha.
Decididamente el vino es un traidor, que hace ver visiones.
-Vamos, vamos -murmuró Danglars-, que la cosa marcha, y sólo cabe dejarla
marchar.

Capítulo quinto
El banquete de boda

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