¡No quiero que le maten... !, es mi amigo... esta mañana me ofreció su
dinero..., del mismo modo que yo partí en otro tiempo el mío con él... ¡No
quiero que maten a Dantés... ! , no... , no...
-Y ¿quién habla de matarle, imbécil? -replicó Danglars-. Sólo se trata de una
simple broma. Bebe a su salud -añadió llenándole un vaso-, y déjanos en paz.
-Sí, sí, a la salud de Dantés -dijo Caderousse apurando el contenido de su vaso-
; a su salud... a su salud... a su...
-Pero ¿el medio...?, ¿el medio? -murmuró Fernando.
-¿No lo habéis hallado aún?
-No, vos os encargasteis de eso.
-Es cierto -repuso Danglars-, los franceses tienen sobre los españoles la
ventaja de que los españoles piensan y los franceses improvisan.
-Improvisad, pues -dijo Fernando con impaciencia.
-Muchacho -dijo Danglars-, trae recado de escribir.
-¡Recado de escribir! -murmuró Fernando.
-Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he de servir sino de
pluma, tinta y papel?
-¿Traes eso? -exclamó Fernando a su vez.
-En esa mesa hay recado de escribir -respondió el mozo señalando una inmediata.
-Tráelo.
El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.
-¡Cuando pienso -observó Caderousse, dejando caer su mano sobre el papel- que
con esos medios se puede matar a un hombre con mayor seguridad que en un camino
a puñaladas! Siempre tuve más miedo a una pluma y a un tintero, que a una espada
o a una pistola.
-Ese tunante no está tan borracho como parece -dijo Danglars-. Echadle más vino,
Fernando.
Fernando llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente, hasta que le
vio, casi vencido por ese nuevo exceso, colocar, o más bien, soltar su vaso
sobre la mesa.
-Conque... -murmuró el catalán, conociendo que ya no podía estorbarle
Caderousse, pues la poca razón que conservaba iba a desaparecer con aquel último
vaso de vino.
-Pues, señor, decía -prosiguió Danglars-, que si después de un viaje como el que
acaba de hacer Dantés tocando a Nápoles y en la isla de Elba, le denunciase
alguien al procurador del rey como agente bonapartista...
-Yo le denunciaré -dijo vivamente el joven.
-Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con el reo, y aunque
yo os dé pruebas para sostener la acusación, eso es poco; Dantés no puede
permanecer preso eternamente; un día a otro tendrá que salir, y en el día en que
salga, ¡desdichado de vos!
-¡Oh! Sólo deseo una cosa -dijo Fernando-, y es que me venga a buscar.
-Sí, pero Mercedes os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a su adorado
Edmundo.
-Es verdad -repuso Fernando.
-Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simplemente, y escribir
una denuncia con la mano izquierda para que no sea conocida la letra -contestó
Danglars; y esto diciendo, escribió con la mano izquierda y con una letra que en
nada se parecía a la suya acostumbrada, los siguientes renglones, que Fernando
leyó a media voz:
Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un
tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna,
después de haber tocado en Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una
misiva para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de
París.
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