Al recién llegado le acompañaban dos hombres pertenecientes a la tripulación del
yate.
Por toda respuesta, sacó Franz su pañuelo, presentándoselo al que le había
dirigido la palabra. Vendáronle los ojos sin decir nada, pero rnn una
escrupulosidad que le daba a entender que no cometiese ninguna indiscreción.
Luego hiciéronle jurar que no trataría de destaparse. Franz juró. Hecho esto le
cogieron cada uno de ellos por un brazo, y echó a andar, conducido así y guiado
por el centinela.
Después de unos treinta pasos, sintió, por el calor de la hoguera y el olor de
la cabra, que pasaba por delante del vivaque. Hiciéronle después dar como
cincuenta pasos, evidentemente de la parte por donde prohibieron a Gaetano que
anduviera, prohibición que ahora se explicaba. Por el cambio de la atmósfera
comprendió pronto que entraba en un subterráneo, y a los pocos segundos de
marcha oyó un estallido y parecióle que cambiara otra vez la atmósfera,
poniéndose perfumada y tibia. Cuando sus pies, por último, resbalaron sobre una
muelle alfombra, sus guías le abandonaron. Hubo un intervalo de silencio, hasta
que dijo una voz en buen francés, aunque con marcado acento extranjero:
-Seáis, caballero, bien venido a esta casa. Ya podéis quitaros el pañuelo.
Franz no se hizo repetir dos veces la invitación. Se quitó su pañuelo y hallóse
cara a cara con un hombre de unos treinta y ocho a cuarenta años, en traje
tunecino, o para que se comprenda mejor, con un casquete Colorado con borla de
seda azul, una chaquetilla de paño negro bordada de oro, pantalones largos y
anchos de color de sangre, calzas del mismo color, bordadas asimismo de oro, Y
pantuflas amarillas. Llevaba en la cintura un magnífico chal de Cachemira, y
sujeto en él un yatagán pequeño y corvo.
El rostro de este hombre era de notable hermosura aunque pálido hasta degenerar
en lívido. Sus ojos vivos y penetrantes, su nariz recta y casi al nivel de la
frente, como de tipo griego en toda su pureza; sus dientes, blancos como perlas,
resaltaban entre su negro bigote. Sólo aquella palidez era extraña. Parecía un
hombre encerrado mucho tiempo en un sepulcro, que no hubiese podido recobrar
después el color de los vivos. No era de alta estatura, pero sí bien formado, y
con las manos y los pies muy pequeños, como los meridionales. Pero lo que admiró
a Franz, que había tenido por sueño las exageraciones de Gaetano, fue la
suntuosidad de los muebles.
Las paredes estaban cubiertas de seda turca carmesí, salpicada de flores de oro.
A un lado se veía una especie de diván coronado por un trofeo de armas arabescas
con vainas de plata sobredorada incrustadas de pedrería. Pendía del techo una
lámpara de cristal de Venecia, preciosísima por su forma y su color, y cubría el
suelo un tapiz turco, tan blando, que hasta el tobillo se hundían los pies.
Colgaban grandes cortinajes delante de la puerta por donde había entrado Franz,
y de la otra que daba paso a una habitación magníficamente iluminada al parecer.
El jefe dejó un instante a Franz entregado a su sorpresa, examinándole con la
misma atención con que él lo examinaba todo, y sin perderle un punto de vista.
-Caballero -le dijo al fin-. Os pido mil veces que me dispenséis las
precauciones tomadas para introduciros aquí, pero como esta isla está casi
desierta, conocido el secreto de esta morada, cualquier día me la encontraría
sin duda como Dios fuere servido, lo que me agradaría en verdad muy poco, no por
la pérdida de lo que vale, sino porque me quitaría la seguridad que ahora tengo
de poder separarme del mundo cuando me da la gana. Procuraré haceros olvidar
ahora esa nimia molestia, ofreciéndoos lo que no esperaríais encontrar aquí,
esto es, una cena regular y una cama bastante buena.
-A fe mía, querido anfitrión, que no necesitáis ofrecerme disculpas -repuso
Franz-. Siempre he visto que se vendaba los ojos a todos los que van a entrar en
palacios encantados. Eso sucede a Raúl en Los Hugonotes, y en verdad que no debo
de quejarme, pues lo que veo paréceme una continuación de las maravillas de las
Mil y una noches.

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