-¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!, tienen algún mal
pensamiento, y temen que el vino se lo haga revelar.
Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción muy en boga por
aquel entonces.
Los que beben agua sola
son hombres de mala ley,
y prueba es de ello... el diluvio de Noé.
-Conque decíais -replicó Fernando-, que quisierais sacarme de penas; pero
añadíais...
-Sí, añadía que para sacaros de penas, basta con que Dantés no se case, y me
parece que la boda puede impedirse sin que Dantés muera.
-¡Oh!, sólo la muerte puede separarlos -dijo Fernando.
-Raciocináis como un pobre hombre, amigo mío -exclamó CaderOusse-; aquí tenéis a
Danglars, pícaro redomado, que os probará en un santiamén que no sabéis una
palabra. Pruébalo, Danglars, yo he respondido de ti, dile que no es necesario
que Dantés muera. Por otro lado, muy triste sería que muriese Dantés; es un buen
muchacho; le quiero mucho, mucho; ¡a tu salud, Dantés! ¡A tu salud!
Fernando se levantó dando muestras de impaciencia.
-Dejadle -dijo Danglars deteniendo al joven-. ¿Quién le hace caso? Además, no va
tan desencaminado: la ausencia separa a las personas casi mejor que la muerte.
Suponed ahora que entre Edmundo y Mercedes se levantan de pronto los muros de
una cárcel; estarán tan separados como si los dividiese la losa de una tumba.
-Sí, pero saldrá de la cárcel -dijo Caderousse, que con la sombra de juicio que
aún le quedaba se mezclaba en la conversación-; y cuando uno sale de la cárcel y
se llama Edmundo Dantés, se venga.
-¿Qué importa? -murmuró Fernando.
-Además -replicó Caderousse-, ¿por qué han de prender a Dantés si él no ha
robado ni matado a nadie?...
-Cállate -dijo Danglars.
-No quiero -contestó Caderousse-; lo que yo quiero que me digan es por qué
habían de prender a Dantés; yo quiero mucho a Dantés; ¡a tu salud, Dantés, a tu
salud!
Y se bebió otro vaso de vino.
Danglars observó en los ojos extraviados del sastre el progreso de la
borrachera, y volviéndose hacia Fernando, le dijo:
-¿Comprendéis ya que no habría necesidad de matarle?
-Desde luego que no, si pudiéramos lograr que lo prendiesen. Pero ¿por qué
medio...?
-Como lo buscáramos bien -dijo Danglars-, ya se encontraría. Pero ¿en qué lío
voy a meterme? ¿Acaso tengo yo algo que ver...?
-Yo no sé si esto os interesa -dijo Fernando cogiéndole por el brazo-; pero lo
que sí sé es que tenéis algún motivo de odio particular contra Dantés, porque el
que odia no se engaña en los sentimientos de los demás.
-¡Yo motivos de odio contra Dantés!, ninguno, ¡palabra de honor! Os vi
desgraciado, y vuestra desgracia me conmovió; esto es todo. Pero desde el
momento en que creéis que obro con miras interesadas, adiós, mi querido amigo,
salid como podáis de ese atolladero.
Y Danglars hizo ademán de irse.
-No -dijo Fernando deteniéndole-, quedaos. Poco me importa que odiéis o no a
Dantés; pero yo sí le odio; lo confieso francamente. Decidme un medio y lo
ejecuto al instante..., como no sea matarle, porque Mercedes ha dicho que se
daría muerte si matasen a Dantés.
Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la mesa, y mirando a
Fernando y a Danglars estúpidamente:
-¡Matar a Dantés...! -dijo- ¿Quién habla de matar a Dantés?
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