-Sí, sí, ya entiendo -dijo Danglars. Y después añadió en voz sumamente baja-: A
París... Sin duda, para llevar alguna carta que el capitán le ha entregado.
¡Ah!, ¡diantre! Esa carta me acaba de sugerir una idea... una excelente idea.
¡Ah! ¡Dantés!, amigo mío, aún no tienes el número 1 en el registro de El Faraón.
-Y volviéndose en seguida hacia Edmundo, que se alejaba:- ¡Buen viaje! -le
gritó.
-Gracias -respondió Edmundo volviendo la cabeza, y acompañando este movimiento
con cierto ademán amistoso. Y los dos enamorados prosiguieron su camino,
tranquilos y alborozados como dos ángeles que se elevan al cielo.
Capítulo cuarto
Complot
Danglars siguió con la mirada a Edmundo y a Mercedes hasta que desaparecieron
por uno de los ángulos del puerto de San Nicolás; y volviéndose en seguida
vislumbró a Fernando que se arrojaba otra vez sobre su silla, pálido y
desesperado, mientras que Caderousse entonaba una canción.
-¡Ay, señor mío -dijo Danglars a Fernando-, creo que esa boda no le sienta bien
a todo el mundo!
-A mí me tiene desesperado -respondió Fernando.
-¿Amáis, pues, a Mercedes?
-La adoro.
-¿Hace mucho tiempo?
-Desde que nos conocimos.
-¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar remedio a vuestros
pesares? ¡Qué diablo!, no creí que obrase de esa manera la gente de vuestro
país.
-¿Y qué queréis que haga? -preguntó Fernando.
-¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con...? Paréceme que no soy yo, sino
vos, el que está enamorado de Mercedes. "Buscad -dice el Evangelio-, y
encontraréis."
-Yo había encontrado ya.
-¿Cómo?
-Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si llegara a suceder
tal cosa a su futuro, ella se mataría después.
-¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen.
-Vos no conocéis a Mercedes, amigo mío, es mujer que dice y hace.
" ¡Imbécil! -murmuró para sí Danglars-. ¿Qué me importa que ella muera o no, con
tal que Dantés no sea capitán? "
-Y antes que muera Mercedes moriría yo -replicó Fernando con un acento que
expresaba resolución irrevocable.
-¡Eso sí que es amor! -gritó Caderousse con una voz dominada cada vez más por la
embriaguez-. Eso sí que es amor, o yo no lo entiendo.
-Veamos -dijo Danglars-; me parecéis un buen muchacho, y lléveme el diablo si no
me dan ganas de sacaros de penas; pero...
-Sí, sí -dijo Caderousse-, veamos.
-Mira -replicó Danglars-, ya lo falta poco para emborracharte, de modo que
acábate de beber la botella y lo estarás completamente. Bebe, y no lo metas en
lo que nosotros hacemos. Porque para tomar parte en esta conversación es
indispensable estar en su sano juicio.
-¡Yo borracho -exclamó Caderousse-, yo! Si todavía me atrevería a beber cuatro
de tus botellas, que por cierto son como frascos de agua de colonia... -Y
añadiendo el dicho al hecho, gritó:- ¡Tío Pánfilo, más vino! -Caderousse empezó
a golpear fuertemente la mesa con su vaso.
-¿Decíais?... -replicó Fernando, esperando anheloso la continuación de la frase
interrumpida.
-¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho perder el hilo de mis
ideas.
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