No obstante su impasibilidad, el inglés se sintió afectado por la escena; una
lágrima humedeció sus ojos.
-Entrad -añadió Morrel-, entrad, pues me presumo que estáis todos a la puerta.
En efecto, pronunciadas apenas estas palabras, apareció sollozando la señora
Morrel, seguida de Manuel. En el fondo de la antecámara se percibían las rudas
facciones de siete a ocho marineros medio desnudos.
La vista de estos hombres hizo estremecerse al inglés. Dio un paso como para
salirles al encuentro, pero se detuvo, ocultándose, por el contrario, en el
rincón más oscuro del gabinete. La señora Morrel fue a sentarse en el sillón,
cogiendo una de las manos de su marido, mientras Julia reclinaba la cabeza sobre
el pecho de su padre. Manuel se había quedado en medio de la estancia, como lazo
que uniese a la familia de Morrel y a los marineros de la puerta.
-¿Cómo sucedió? -preguntó el naviero.
-Acercaos, Penelón --dijo el joven-, y contadnos cómo ocurrió la desgracia.
Un marinero viejo, tostado por el sol del ecuador, adelantóse dando vueltas
entre sus manos a los restos de su sombrero.
-Buenos días, señor Morrel -dijo, como si hubiera salido de Marsella la víspera
o si llegase de Aix o de Tolón.
-Buenos días, amigo -contestó Morrel, no pudiendo menos de sonreírse, a pesar de
sus lágrimas-. Pero ¿dónde está el capitán?
-Por lo que al capitán se refiere, señor Morrel, se ha quedado enfermo en Palma,
pero si Dios quiere, aquello no será nada, y dentro de pocos días le veréis
volver tan bueno y sano como vos y como yo.
-Está bien.. . Hablad ahora, Penelón.
Penelón mudó la mascada de tabaco del carrillo derecho al carrillo izquierdo,
púsose la mano sobre la boca, volvió la cabeza para arrojar a la antesala una
gran dosis de saliva negruzca, adelantó una pierna y contoneándose dijo:
-Poco antes del naufragio, señor Morrel, estábamos así como quien dice entre el
cabo Blanco y el cabo Bojador, con una buena brisa sudsudoeste tras ocho días de
calma y contraventeo, cuando el capitán Gaumard se me arrima, porque yo estaba
en el timón, y me dice: "Compadre Penelón, ¿qué me dices de aquellas nubes que
se van formando allá abajo?"
"Justamente yo las atisbaba en aquel momento.
-¿Lo que yo os digo, capitán? Pues creo que suben más de prisa que lo que deben
y que son más negras que lo que conviene a nubes de buena intención.
-Yo también opino lo mismo -me respondió el capitán-, y voy a tomar mis
precauciones. Tenemos muchas velas para el viento que correrá pronto...
¡Atención! ¡Eh! ¡Cerrad las escotillas! ¡Halad los foques!
"Ya era tiempo. No bien se había ejecutado la orden, cuando el aire se nos echó
encima, poniendo al buque de costado.
-Bueno -dijo el capitán-, todavía tenemos mucha vela. ¡Carga la grande!
-Seis minutos más tarde estaba cargada la vela mayor, y navegábamos con la
mesana, las gavias y los juanetes.
-¿Qué es eso, compadre Penelón? -me dijo el capitán-. ¿Por qué mueves la cabeza?
-Porque en vuestro lugar, es un decir, yo no haría tan poca cosa.
-Me parece que tienes razón, perro viejo -me contestó-; vamos a tener una
bocanada de aire.
-¡Ah, capitán! -le respondí-. El que cambiara una bocanada de aire por aquello
que pasa allá abajo, no saldría perdiendo, a buen seguro. Es una tempestad en
regla, o yo soy un topo.
"Es como si dijéramos que se veía venir el viento como se ve venir el polvo en
Montedrón. Afortunadamente se las había cara a cara con un hombre bien templado.
-¡Cada cual a su puesto! -gritó el capitán-. ¡Coged dos rizos a las gavias!
¡Largad las bolinas! ¡Brazas al aire! ¡Recoged las gavias! ¡Pasad los
palanquines por las vergas!
-Poco era eso aún para aquellos sitios -dijo el inglés-. En su lugar yo habría
cogido cuatro rizos, y me habría deshecho de la mesana.
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