brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había prometido morir
si Edmundo moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.
Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno embrutecido por la
embriaguez y el otro dominado por los celos.
-¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres -murmuró-, y casi tengo miedo
de estar en su compañía. Este bellaco se embriaga de vino, cuando sólo debía
embriagarse de odio; el otro es un imbécil que le acaban de quitar la novia en
sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar y quejarse como un
chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los españoles, los sicilianos
y los calabreses que saben vengarse muy bien; tiene unos puños capaces de
estrujar la cabeza de un buey tan pronto como la cuchilla del carnicero...
Decididamente el destino le favorece; se casará con Mercedes, será capitán y se
burlará de nosotros como no... (una sonrisa siniestra apareció en los labios de
Danglars), como no tercie yo en el asunto.
-¡Hola! -seguía llamando Caderousse a medio levantar de su asiento-. ¡Hola!,
Edmundo, ¿no ves a los amigos, o lo has vuelto ya tan orgulloso que no quieres
siquiera dirigirles la palabra?
-No, mi querido Caderousse -respondió Dantés-; no soy orgulloso, sino feliz, y
la felicidad ciega algunas veces más que el orgullo.
-Enhorabuena, ya eso es decir algo -replicó Caderousse-. ¡Buenos días, señora
Dantés!
Mercedes saludó gravemente.
-Todavía no es ése mi apellido -dijo-, y en mi país es de mal agüero algunas
veces el llamar a las muchachas con el nombre de su prometido antes que se
casen. Llamadme Mercedes.
-Es menester perdonar a este buen vecino -añadió Dantés-. Falta tan poco
tiempo...
-¿Conque, es decir, que la boda se efectuará pronto, señor Dantés? -dijo
Danglars saludando a los dos jóvenes.
-Lo más pronto que se pueda, señor Danglars: nos toman hoy los dichos en casa de
mi padre, y mañana o pasado mañana a más tardar será la comida de boda, aquí, en
La Reserva; los amigos asistirán a ella; lo que quiere decir que estáis
invitados desde ahora, señor Danglars, y tú también, Caderousse.
-¿Y Fernando? -dijo Caderousse sonriendo con malicia-; ¿Fernando lo está
también?
-El hermano de mi mujer lo es también mío -respondió Edmundo-, y con muchísima
pena le veríamos lejos de nosotros en semejante momento.
Fernando abrió la boca para contestar; pero la voz se apagó en sus labios y no
pudo articular una sola palabra.
-¡Hoy los dichos, mañana o pasado la boda!... ¡Diablo!, mucha prisa os dais,
capitán.
-Danglars -repuso Edmundo sonriendo-, dígo lo que Mercedes decía hace poco a
Caderousse: no me deis ese título que aún no poseo, que podría ser de mal agüero
para mí.
-Dispensadme -respondió Danglars-. Decía, pues, que os dais demasiada prisa.
¡Qué diablo!, tiempo sobra: El Faraón no se volverá a dar a la mar hasta dentro
de tres meses.
-Siempre tiene uno prisa por ser feliz, señor Danglars; porque quien ha sufrido
mucho, apenas puede creer en la dicha. Pero no es sólo el egoísmo el que me hace
obrar de esta manera; tengo que ir a París.
-¡Ah! ¿A París? ¿Y es la primera vez que vais allí, Dantés?
-Sí.
-Algún negocio, ¿no es así?
-No mío; es una comisión de nuestro pobre capitán Leclerc. Ya comprenderéis que
esto es sagrado. Sin embargo, tranquilizaos, no gastaré más tiempo que el de ida
y vuelta.

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