parte al segundo de El Faraón; y como El Faraón ha entrado hoy mismo en el
puerto... ¿Me comprendes?
-Que me muera, si lo entiendo -respondió Danglars:
-El pobre Fernando habrá recibido el pasaporte.
-¡Y bien! ¿Qué más? -dijo Fernando levantando la cabeza y mirando a Caderousse
como aquel que busca en quién descargar su cólera-. Mercedes no depende de
nadie, ¿no es así? ¿No puede amar a quien se le antoje?
--¡Ah!, ¡si lo tomas de ese modo --lijo Caderousse-, eso es otra cosa! Yo te
tenía por catalán. Me han dicho que los catalanes no son hombres para dejarse
vencer por un rival, y también me han asegurado que Fernando, sobre todo, es
temible en la venganza.
-Un enamorado nunca es temible -repuso Fernando sonriendo.
-¡Pobre muchacho! -replicó Danglars fingiendo compadecer al joven-. ¿Qué
quieres? No esperaba, sin duda, que volviese Dantés tan pronto. Quizá le creería
muerto, quizás infiel, ¡quién sabe! Esas cosas son tanto más sensibles cuanto
que nos están sucediendo a cada paso.
-Seguramente que no dices más que la verdad -respondió Caderousse, que bebía al
compás que hablaba, y a quien el espumoso vino de Lamalgue comenzaba a hacer
efecto-. Fernando no es el único que siente la llegada de Dantés, ¿no es así,
Danglars?
-Sí, y casi puedo asegurarte que eso le ha de traer alguna desgracia.
-Pero no importa -añadió Caderousse llenando un vaso de vino para el joven, y
haciendo lo mismo por duodécima vez con el suyo-; no importa, mientras tanto se
casa con Mercedes, con la bella Mercedes... se sale con la suya.
Durante este coloquio, Danglars observaba con mirada escudriñadora al joven. Las
palabras de Caderousse caían como plomo derretido sobre su corazón.
-¿Y cuándo es la boda? -preguntó.
-¡Oh!, todavía no ha sido fijada -murmuró Fernando.
-No, pero lo será -dijo Caderousse-; lo será tan cierto como que Dantés será
capitán de El Faraón: ¿no opinas tú lo mismo, Danglars?
Danglars se estremeció al oír esta salida inesperada, volviéndose a Caderousse,
en cuya fisonomía estudió a su vez si el golpe estaba premeditado; pero sólo
leyó la envidia en aquel rostro casi trastornado por la borrachera.
-¡Ea! -dijo llenando los vasos-. ¡Bebamos a la salud del capitán Edmundo Dantés,
marido de la bella catalana!
Caderousse llevó el vaso a sus labios con mano temblorosa, y lo apuró de un
sorbo. Fernando tomó el suyo y lo arrojó con furia al suelo.
-¡Vaya! -exclamó Caderousse-. ¿Qué es lo que veo allá abajo en dirección a los
Catalanes? Mira, Fernando, tú tienes mejores ojos que yo: me parece que empiezo
a ver demasiado, y bien sabes que el vino engaña mucho... Diríase que se trata
de dos amantes que van agarrados de la mano... ¡Dios me perdone! ¡No presumen
que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!
Danglars no dejaba de observar a Fernando, cuyo rostro se contraía
horriblemente.
-¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernando? -dijo.
-Sí -respondió éste con voz sorda-. ¡Son Edmundo y Mercedes!
-¡Digo! -exclamó Caderousse-. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantés! ¡Muchacha! Venid
aquí, y decidnos cuándo es la boda, porque el testarudo de Fernando no nos lo
quiere decir.
-¿Quieres callarte? --dijo Danglars, fingiendo detener a Caderousse, que tenaz
como todos los que han bebido mucho se disponía a interrumpirles-. Haz por
tenerte en pie, y deja tranquilos a los enamorados. Mira, mira a Fernando, y
toma ejemplo de él.
Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros, iba al fin a
arrojarse sobre su rival, pues ya de pie tomaba una actitud siniestra, cuando
Mercedes, risueña y gozosa, levantó su linda cabeza y clavó en Fernando su

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