viajeros a que no se olvidasen de entrar si su mala estrella les hacía pasar por
allí. En aquellos momentos, el camino de que ya hemos hablado continuaba tan
desierto y tan solitario como siempre, extendiéndose entre dos filas de árboles
secos, y fácil es comprender que ningún viajero, dueño de escoger otra hora del
día, iría a aventurarse en aquel horrible Sáhara.
Sin embargo, a pesar de todas las probabilidades, si Caderousse se hubiese
quedado en su puesto, hubiera podido ver, por el lado de Bellegarde, a un
caballero y un caballo, marchando con ese continente sosegado y amistoso, que
indicaba las buenas relaciones que mediaban entre el hombre y el animal. Este
era, al parecer, muy manso; el caballero era un sacerdote vestido de negro y con
un sombrero de tres picos. A pesar del excesivo calor del sol, marchaba el
animal a trote bastante largo.
Al llegar a la puerta, el grupo se detuvo, pero difícil hubiera sido decir si
fue el caballo el que detuvo al jinete, o el jinete el que detuvo al caballo. En
fin, el caballero se apeó, y tirando por la brida del animal, lo amarró a una
argolla que había al lado de la puerta. Adelantóse en seguida hacia ésta,
limpiándose el sudor que inundaba su frente con un pañuelo de algodón encarnado
y dio tres golpes en una de las hojas de la puerta con el puño de hierro del
bastón que llevaba en la mano.
El enorme perro negro se levantó al punto y dio algunos pasos ladrando y
enseñando sus dientes blancos y agudos, doble demostración hostil, prueba de lo
poco hecho que estaba a la sociedad. Entonces se oyeron unos pasos recios, bajo
los cuales se estremeció la escalera de madera; era el posadero que bajaba dando
traspiés, para darse más prisa a satisfacer la curiosidad de saber quién sería
el que llamaba.
-¡Allá va! -decía Caderousse, asombrado-. ¡Allá va! ¿Quieres callarte, Margotín?
No temáis nada, caballero; ladra, pero no muerde. Sin duda querréis vino, porque
hace un calor inaguantable. ¡Ah! Perdonad -interrumpió Caderousse, al ver qué
especie de viajero era el que recibía en su casa-. ¿Qué deseáis? ¿Qué queréis,
señor abate? Estoy a vuestras órdenes.
El eclesiástico miró a aquel hombre dos o tres segundos con atención extraña, y
aun pareció procurar atraer la del posadero sobre sí; después, viendo que las
facciones de éste no expresaban ningún otro sentimiento que la sorpresa de no
recibir una respuesta, juzgó que ya era tiempo de que aquélla cesase y dijo con
un acento italiano muy pronunciado:
-¿No sois vos el señor Caderousse?
-Sí, caballero -dijo el posadero casi más asombrado de la pregunta que lo había
estado en el silencio-. Yo soy, en efecto, Gaspar Caderousse, para serviros.
-¿Gaspar Caderousse? Sí, creo que ésos son el nombre y el apellido. ¿Vivíais en
otro tiempo en la alameda de Meillán, en un cuarto piso?
-Precisamente.
-¿Y ejercíais el oficio de sastre?
-Sí, pero no prosperaba, y además -añadió para justificarse-, como hace tanto
calor en ese demonio de Marsella, creo que acabarán por no vestirse. Pero, a
propósito de calor, ¿no queréis refrescar, señor abate?
-Sí. Dadme una botella de vuestro mejor vino y seguiremos hablando.
-Como queráis, señor abate -dijo Caderousse.
Y para no perder la ocasión de despachar una de las últimas botellas de vino de
Cahors que le quedaban, Caderousse se apresuró a levantar una trampa practicada
en el pavimento de esta especie de cuarto bajo, que hacía las veces de cocina y
de sala. Cuando volvió a aparecer al cabo de cinco minutos, encontró al abate
sentado sobre un banquillo, con el codo apoyado sobre una mesa larga, mientras
que Margotín, que parecía haber hecho las pares con él, al oír que contra la
costumbre este viajero iba a tomar algo, apoyaba su hocico sobre el muslo de
aquél, y le dirigía una lánguida mirada.
-¿Estáis loco? -preguntó el abate a su posadero, mientras éste ponía delante de
él la botella y un vaso.
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