-¡Un enemigo! -exclamó Mercedes dirigiendo una mirada de odio a su primo-; ¿un
enemigo en mi casa? A ser cierto, yo lo cogería del brazo y me iría a Marsella,
abandonando esta casa para no volver a pisar sus umbrales.
La mirada de Fernando centelleó.
-Y si te sucediese alguna desgracia, Edmundo mío -continuó con aquella calma
implacable que daba a conocer a Fernando cuán bien leía en su siniestra mente-,
si te aconteciese alguna desgracia, treparía al cabo del Morgión para arrojarme
de cabeza contra las rocas.
Fernando se puso lívido.
-Pero te engañas, Edmundo -prosiguió Mercedes-. Aquí no hay enemigo alguno, sino
mi primo Fernando, que va a darte la mano como a su más íntimo amigo.
Y la joven fijó, al decir estas palabras, su imperiosa mirada en el catalán,
quien, como fascinado por ella, se acercó lentamente a Edmundo y le tendió la
mano.
Su odio desaparecía ante el ascendiente de Mercedes. Pero apenas hubo tocado la
mano de Edmundo, conoció que había ya hecho todo lo que podía hacer, y se lanzó
fuera de la casa.
-¡Oh! -exclamaba corriendo como un insensato, y mesándose los cabellos-. ¡Oh!
¿Quién me librará de ese hombre? ¡Desgraciado de mí!
-¡Eh!, catalán, ¡eh! ¡Fernando! ¿Adónde vas? -dijo una voz.
El joven se detuvo para mirar en torno y vio a Caderousse sentado con Danglars
bajo el emparrado.
-¡Eh! -le dijo Caderousse-. ¿Por qué no te acercas? ¿Tanta prisa tienes que no
te queda tiempo para dar los buenos días a tus amigos?
-Especialmente cuando tienen delante una botella casi llena -añadió Danglars.
Fernando miró a los dos hombres como atontado y sin responderles.
-Afligido parece -dijo Danglars tocando a Caderousse con la rodilla-. ¿Nos
habremos engañado, y se saldrá Dantés con su tema contra todas nuestras
previsiones?
-¡Diantre! Es preciso averiguar esto -contestó Caderousse; y volviéndose hacia
el joven le gritó-: Catalán, ¿te decides?
Fernando enjugóse el sudor que corría por su frente, y entró a paso lento bajo
el emparrado, cuya sombra puso un tanto de calma en sus sentidos, y la frescura,
vigor en sus cansados miembros.
-Buenos días: me habéis llamado, ¿verdad? -dijo desplomándose sobre uno de los
bancos que rodeaban la mesa.
-Corrías como loco, y temí que te arrojases al mar -respondió Caderousse riendo-
. ¡Qué demonio! A los amigos no solamente se les debe ofrecer un vaso de vino,
sino también impedirles que se beban tres o cuatro vasos de agua.
Fernando exhaló un suspiro que pareció un sollozo, y hundió la cabeza entre las
manos.
-¡Hum! ¿Quieres que te hable con franqueza, Fernando? -dijo Caderousse,
entablando la conversación con esa brutalidad grosera de la gente del pueblo,
que con la curiosidad olvidan toda clase de diplomacia-, pues tienes todo el
aire de un amante desdeñado.
Y acompañó esta broma con una estrepitosa carcajada.
-¡Bah! -replicó Danglars-; un muchacho como éste no ha nacido para ser
desgraciado en amores: tú te burlas, Caderousse.
-No-replicó éste-, fíjate, ¡qué suspiros!... Vamos, vamos, Fernando, levanta la
cabeza y respóndenos. No está bien que calles a las preguntas de quien se
interesa por tu salud.
-Estoy bien -murmuró Fernando apretando los puños, aunque sin levantar la
cabeza.
-¡Ah!, ya lo ves, Danglars -repuso Caderousse guiñando el ojo a su amigo-. Lo
que pasa es esto: que Fernando, catalán valiente, como todos los catalanes, y
uno de los mejores pescadores de Marsella, está enamorado de una linda muchacha
llamada Mercedes; pero desgraciadamente, a lo que creo, la muchacha ama por su

13