SIMBAD EL MARINO
Capítulo primero
Fascinación
El sol había recorrido ya la tercera parte de su carrera y sus ardientes rayos
quebrábanse en las rocas, que parecían sentir su calor. Miles de cigarras
ocultas entre el ramaje producían su monótono chirrido; las hojas de los mirtos
y de los acebuches se mecían temblorosas, produciendo un sonido casi metálico.
Cada paso que daba Edmundo en la roca calcinada ahuyentaba una turba de
lagartos, verdes como la esmeralda; las cabras salvajes, que atraen tal vez
cazadores a Montecristo, se veían a lo lejos saltar por los despeñaderos; la
isla, en resumen, estaba habitada y viva, y Dantés sin embargo se sentía solo
bajo la mano de Dios.
Sentía una extraña emoción, muy parecida al miedo: era esa desconfianza que
inspira la luz del día, haciéndonos creer, aun en medio del desierto, que nos
miran atentamente unos ojos escrutadores.
Era tan fuerte esta emoción, que al ir a emprender Edmundo su tarea, soltó la
azada, cogió su fusil y subió por última vez a la roca más elevada de la isla,
para examinar con nuevo cuidado sus contornos.
Pero lo que más le llamó su atención no fue ni la poética Córcega, ni esa
Cerdeña, casi desconocida, que a continuación la sigue, ni la isla de Elba, con
sus grandes recuerdos, ni aquella línea imperceptible, en fin, que se distribuía
en el horizonte, y que al ojo experto de un marinero hubiera revelado la
soberbia Génova y la comercial Liorna. No, lo que llamó la atención de Dantés
fue el bergantín que había salido de Montecristo al amanecer, y la tartana que
acababa de hacerse a la mar:
El bergantín estaba a punto de perderse de vista en el estrecho de Bonifacio; la
tartana, con opuesto rumbo, costeaba la isa de Córcega, que se disponía a
doblar.
Edmundo se tranquilizó, volviéndose para contemplar los objetos que más de cerca
le rodeaban, vióse en el punto más elevado de la isla cónica, estatua puntiaguda
de aquel inmenso zócalo, ni un hombre, ni una barca en torno suyo, nada más que
el mar azulado que batía la base de la isla, adornándola con un cinturón de
plata.
Entonces bajó con paso rápido, aunque precavido. En tal ocasión temía que le
sucediera un accidente como el que con tanta habilidad había fingido.
Como hemos dicho, Dantés había retrocedido en el camino indicado por las señales
hechas en las rocas, y había visto que este camino guiaba a una especie de ancón
oculto como el baño de una ninfa de la antigüedad. La entrada era bastante
ancha, y por el centro tenía bastante profundidad para que pudiese anclar en él
un pequeño buque de guerra y permanecer oculto. De este modo, siguiendo el hilo
de las inducciones, ese hilo, que en manos del abate Faria era un guía tan
seguro y tan ingenioso en el dédalo de las probabilidades, se le ocurrió que el
cardenal Spada, conviniéndole no ser visto, había abordado a este ancón, y
ocultando allí su barco había tomado luego el camino que las señales indicaban,
para esconder su tesoro en el extremo de esa línea. Esta suposición era la que
llevaba a Dantés junto a la roca circular. Solamente una cosa le inquietaba, por
ser opuesta a sus conocimientos sobre dinámica. ¿Cómo habían podido, sin emplear
fuerzas considerables, levantar aquella enorme roca? De repente se le ocurrió
una idea.
-En vez de subirla-dijo-, la habrán hecho bajar.
Y acto seguido trepó por encima del peñasco, en busca del sitio que antes
ocupara.
En efecto, pronto reparó en una leve pendiente, hecha sin duda alguna
intencionadamente. La roca había caído de su base al sitio que ahora ocupaba;
otra piedra, del tamaño común a las que suelen emplearse en las paredes, le
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