-Adivino tus pensamientos, Fernando, querrás vengar en él los desdenes míos...
querrás desafiarle... Pero ¿qué conseguirás con esto? Perder mi amistad si eres
vencido, ganar mi odio si vencedor. Créeme, Fernando: no es batirse con un
hombre el medio de agradar a la mujer que le ama. Convencido de que te es
imposible tenerme por esposa, no, Fernando, no lo harás, lo contentarás con que
sea tu amiga y tu hermana. Por otra parte -añadió con los ojos preñados de
lágrimas-, tú lo has dicho hace poco, el mar es pérfido: espera, Fernando,
espera. Han pasado cuatro meses desde que partió... ¡cuatro meses, y durante
ellos he contado tantas tempestades!...
Permaneció Fernando impasible sin cuidarse de enjugar las lágrimas que
resbalaban por las mejillas de Mercedes, aunque a decir verdad, por cada una de
aquellas lágrimas hubiera dado mil gotas de su sangre..., pero aquellas lágrimas
las derramaba por otro. Púsose en pie, dio una vuelta por la cabaña, volvió,
detúvose delante de Mercedes, y con una mirada sombría y los puños crispados
exclamó:
-Mercedes, te lo repito, responde, ¿estás resuelta?
-¡Amo a Edmundo Dantés -dijo fríamente Mercedes-, y ningún otro que Edmundo será
mi esposo!
-¿Y le amarás siempre?
-Hasta la muerte.
Fernando bajó la cabeza desalentado; exhaló un suspiro que más bien parecía un
gemido, y levantando de repente la cabeza y rechinando los dientes de cólera
exclamó:
-Pero, ¿y si hubiese muerto?
-Si hubiese muerto... ¡Entonces yo también me moriría!
-¿Y si lo olvidase?
-¡Mercedes! -gritó una voz jovial y sonora desde fuera-. ¡Mercedes!
-¡Ah! -exclamó la joven sonrojándose de alegría y de amor-; bien ves que no me
ha olvidado, pues ya ha llegado.
Y lanzándose a la puerta la abrió exclamando:
-¡Aquí, Edmundo, aquí estoy!
Fernando, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver una serpiente,
cayendo anonadado sobre una silla, mientras que Edmundo y Mercedes se abrazaban.
El ardiente sol de Marsella penetrando a través de la puerta, los inundaba de
sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo: una inmensa felicidad los
separaba del mundo y solamente pronunciaban palabras entrecortadas que revelaban
la alegría de su corazón.
De pronto Edmundo vislumbró la cara sombría de Fernando, que se dibujaba en la
sombra, pálida y amenazadora, y quizá, sin que él mismo comprendiese la razón,
el joven catalán tenía apoyada la mano sobre el cuchillo que llevaba en la
cintura.
-¡Ah! -dijo Edmundo frunciendo las cejas a su vez-; no había reparado en que
somos tres.
Volviéndose en seguida a Mercedes:
-¿Quién es ese hombre? -le preguntó.
-Un hombre que será de aquí en adelante lo mejor amigo, Dantés, porque lo es
mío, es mi primo, mi hermano Fernando, es decir, el hombre a quien después de ti
amo más en la tierra.
-Está bien -respondió Edmundo.
Y sin soltar a Mercedes, cuyas manos estrechaba con la izquierda, presentó con
un movimiento cordialísimo la diestra al catalán. Pero lejos de responder
Fernando a este ademán amistoso, permaneció mudo a inmóvil como una estatua.
Entonces dirigió Edmundo miradas interrogadoras a Mercedes, que estaba
temblando, y al sombrío y amenazador catalán alternativamente. Estas miradas le
revelaron todo el misterio, y la cólera se apoderó de su corazón.
-Al darme tanta prisa en venir a vuestra casa, no creía encontrar en ella un
enemigo.

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