-Porque iríamos derechos a la isla de Rion.
-Pasaréis a veinte brazas de ella.
-Tomad, pues, el timón -dijo el patrón-, y juzgaremos de vuestros conocimientos.
El joven fue a sentarse al timón, y asegurándose con una ligera maniobra de que
el barco obedecía bien, aunque no fuese de primera calidad, gritó:
-¡A las vergas y a las bolinas!
Los cuatro marineros que componían la tripulación corrieron a sus puestos. El
patrón los observaba a todos.
-¡Halad! -continuó gritando Dantés.
Los marineros obedecieron con bastante exactitud.
-¡Amarrad ahora! ¡Está bien!
Ejecutada esta orden como las dos primeras, el barco, en vez de seguir
contraventando, empezó a dirigirse a la isla de Rion, cerca de la cual pasó,
como Dantés había dicho, dejándola a unas veinte brazas a estribor.
-¡Bravo! -gritó el patrón.
-¡Bravo! -repitieron los marineros.
Y todos contemplaban admirados a aquel hombre, cuya mirada había recobrado una
inteligencia y cuyo cuerpo había recobrado un vigor que estaban muy lejos de
sospechar en él.
-Ya veis -dijo Dantés apartándose del timón-, que podré serviros de algo, a lo
menos durante la travesía. Si no os convengo, me dejáis en Liorna, que con el
primer dinero que gane pagaré la comida que me deis hasta allá, y las ropas que
vais a prestarme.
-Está bien, está bien, sí sois razonable nos arreglaremos.
-Un hombre vale lo que otro hombre -contestó Dantés-. Dadme el sueldo que deis a
mis camaradas, y negocio concluido.
-Eso no es justo, porque vos sabéis más que nosotros -dijo el marinero que le
había salvado.
-¿Quién te mete a ti en esto, Jacobo? -repuso el patrón-. Cada uno puede
ajustarse por lo que le convenga.
-Exacto -repuso Jacobo-, pero esto no es más que una observación. ..
-Mejor harías prestando a este bravo camarada, que está desnudo, un pantalón y
una chaqueta, si los tienes de repuesto.
-No los tengo -contestó Jacobo-, pero sí una camisa y un pantalón.
-Es cuanto me hace falta -contestó Dantés-. Gracias, amigo mío.
Jacobo bajó por la escotilla, y al poco rato volvió a subir con las prendas
ofrecidas, que se puso Dantés con alegría extraordinaria.
-¿Necesitáis ahora algo más? -le preguntó el patrón.
-Un pedazo de pan, y otro trago de ese ron tan excelente que ya probé, porque
hace mucho tiempo que no he tomado nada.
Trajeron a Dantés el pedazo de pan, y Jacobo le presentó la cantimplora.
-¡El mástil a babor! -gritó el capitán volviéndose hacia el timonero.
Al llevarse la cantimplora a la boca, los ojos de Dantés se volvieron hacia
aquel lado, pero la cantimplora se quedó a la mitad del camino.
-¡Toma! -preguntó el patrón-, ¿qué es lo que pasa en el castillo de If?
En efecto, hacia el baluarte meridional del castillo, coronando las almenas,
acababa de aparecer una nubecilla blanca, nube que ya había llamado la atención
de Edmundo. Un momento después, el eco de una explosión lejana retumbó en el
puente del navío.
Los marineros levantaron la cabeza mirándose unos a otros.
-¿Qué quiere decir eso? -preguntó el patrón.
-Se habrá escapado algún preso esta noche y dispararán el cañonazo de alarma -
repuso Dantés.
El patrón miró de reojo al joven, que cuando dijo esto se llevó la calabaza a la
boca, pero viole saborear el ron con tanta calma, que si alguna sospecha tuvo se
desvaneció al momento.
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