-Vamos, Mercedes -decía el joven-, las pascuas se acercan, es el tiempo mejor
para casarse. ¿No lo crees?
-Ya lo dije cien veces lo que pensaba, Fernando, y en poco lo estimas, pues aún
sigues preguntándome.
-Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para que yo pueda
creerlo. Dime que desprecias mi amor, el amor que aprobaba lo madre. Haz que
comprenda que te burlas de mi felicidad; que mi vida o mi muerte no son nada
para ti... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, haber soñado diez años con la dicha de ser
tu esposo, y perder esta esperanza, la única de mi vida.
-No soy yo por cierto quien ha alimentado en ti esa esperanza con mis
coqueterías, Fernando -respondió Mercedes-. Siempre lo he dicho: "Te amo como
hermano; pero no exijas de mí otra cosa, porque mi corazón pertenece a otro. ¿No
lo he dicho siempre esto?
-Sí, ya lo sé, Mercedes -respondió Fernando-; hasta el horrible atractivo de la
franqueza tienes conmigo. Pero ¿olvidas que es ley sagrada entre los nuestros el
casarse catalanes con catalanes?
-Te equivocas, Fernando, no es una ley, sino una costumbre; y, créeme, no debes
de invocar esta costumbre en lo favor. Has entrado en quintas. La libertad de
que gozas la debes únicamente a la tolerancia. De un momento a otro pueden
reclamarte tus banderas, y una vez seas soldado, ¿qué harías de mí, pobre
huérfana, sin otra fortuna que una mísera cabaña casi arruinada y unas malas
redes, herencia única de mis padres? Hace un año que murió mi madre, y desde
entonces, bien lo sabes, vivo casi a expensas de la caridad pública. Tal vez me
dices que lo soy útil, para partir conmigo tu pesca, y yo la acepto, Fernando,
porque eres hijo del hermano de mi padre, porque nos hemos criado juntos, y
porque además sé que lo disgustarías si la rehusase. Pero sé muy bien que ese
pescado que yo vendo, y ese dinero que me dan por él, y con el cual compro el
estambre que luego hilo, no es más que una limosna, y como tal la recibo.
-¿Y eso qué importa, Mercedes? Pobre y sola como vives, me convienes más que la
hija del naviero más rico de Marsella. Yo quiero una mujer honrada y hacendosa,
y ninguna como tú posee esas cualidades.
-Fernando -respondió Mercedes con un movimiento de cabeza-, no puede responder
de ser siempre honrada y hacendosa, la que ama a otro hombre que no sea su
marido. Confórmate con mi amistad, porque te repito que esto es todo lo que yo
puedo prometerte. Yo no ofrezco sino lo que estoy segura de poder dar.
-Sí, sí, ya lo comprendo -dijo Fernando-; soportas con resignación tu miseria,
pero te asusta la mía. Pero, oye, Mercedes, si me amas probaré fortuna y llegaré
a ser rico. Puedo dejar el oficio de pescador; puedo entrar de dependiente en
alguna casa de comercio, y llegar a ser comerciante.
-Tú no puedes hacer nada de eso, Fernando. Eres soldado, y si permaneces en los
Catalanes todavía es porque no hay guerra; sigue con lo oficio de pescador, no
hagas castillos en el aire, y confórmate con mi amistad, pues no puedo dar otra
cosa.
-Pues bien, tienes razón, Mercedes, me haré marinero, dejaré el trabajo de
nuestros padres que tú tanto desprecias, y me pondré un sombrero de suela, una
camisa rayada y una chaqueta azul con anclas en los botones. ¿No es así como hay
que vestirse para agradarte?
-¿Qué quieres decir con eso? No lo comprendo...
-Quiero decir que no serías tan cruel conmigo, si no esperaras a uno que usa el
traje consabido. Pero quizás él no te es fiel, y aunque lo fuera, el mar no lo
habrá sido con él.
-¡Fernando! -exclamó Mercedes-, ¡te creía bueno, pero me engañaba! Eso es prueba
de mal corazón. Sí, no te lo oculto, espero y amo a ese que dices, y si no
volviese, en lugar de acusarle de inconstancia, creería que ha muerto
adorándome.
Fernando hizo un gesto de rabia.
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