día llegó a comprender que se hallaba solo con un cadáver. Entonces se apoderó
de él un terror profundo a invencible. No osaba estrechar aquella mano que caía
fuera de la cama, ni menos fijar sus ojos en aquellos ojos blancos a inmóviles,
que en vano trató de cerrar muchas veces. Apagó la lamparilla, ocultóla con
mucho cuidado, y desapareció, colocando como pudo la baldosa sobre su cabeza.
Por otra parte, ya era hora; el carcelero iba a venir de un momento a otro.
Nada indicó en el carcelero que tuviese ya conocimiento de la desgracia. Cuando
salió, sintióse Edmundo impaciente por saber lo que iba a pasar en el calabozo
de su desgraciado amigo, y para saberlo penetró en el subterráneo, llegando a
tiempo de oír las exclamaciones del carcelero pidiendo auxilio.
Pronto acudieron los otros carceleros, se oyó después ese Paso regular y sordo
que usan los soldados, aunque no estén de servicio. Tras los soldados se
presentó el gobernador.
Edmundo oyó rechinar la cama, como si diesen vuelta al cadáver, y la voz del
gobernador que ordenaba que le echasen agua a la cara y que viendo que ésta no
le causaba efecto alguno, mandó a buscar al médico.
El gobernador salió, y algunas frases compasivas llegaron a oídos de Dantés,
mezcladas con risas burlonas.
-Vamos, vamos, el loco ha ido a reunirse con su tesoro -decía uno- ¡Buen viaje!
-Con todos sus millones no tendrá para pagar la mortaja -añadía otro.
-¡Oh!, las mortajas del castillo de If no cuestan muy caras -respondía un
tercero.
-Quizá como eclesiástico, hagan algunos gastos más por él -dijo uno de los
primeros interlocutores.
-Este irá al saco.
Edmundo no perdió una sola palabra, pero apenas comprendía lo que decían.
A poco dejaron de oírse las voces, y juzgó que habían salido del calabozo. Sin
embargo, no se atrevió a entrar en él, porque era fácil que alguno se hubiera
quedado a velar al muerto. Conteniendo su respiración, permaneció mudo a
inmóvil.
Transcurrida una hora, sobre poco más o menos, interrumpió el silencio un leve
ruido que iba aumentándose. Era el gobernador, que volvía acompañado del médico
y de algunos oficiales. Hubo un momento de silencio. Era evidente que el médico
se acercaba a la cama y examinaba el cadáver. Pronto comenzó la discusión.
El médico analizó la enfermedad de que había sido atacado el preso y declaró que
estaba muerto. La conversación tenía un tono de indiferencia que indignó a
Dantés, pareciéndole que todo el mundo debía profesar al pobre abate una parte
de la afección que le profesaba él.
-Lo siento mucho -dijo el gobernador respondiendo a la declaración del médico-,
mucho lo siento, porque era un preso amable, inofensivo, que nos divertía con su
locura, y sobre todo fácil de guardar.
-¡Oh! -repuso el llavero-, aunque no le hubiéramos guardado tan bien, hubiera
permanecido aquí cincuenta años, sin intentar una sola vez escaparse, yo lo
aseguro.
-No obstante -indicó el gobernador-, creo que sería oportuno, a pesar de vuestra
declaración, y no porque yo dude de vuestra ciencia, sino para poner a cubierto
mi responsabilidad, sería conveniente que nos asegurásemos de que está
efectivamente muerto.
Hubo otro intervalo de silencio absoluto, durante el cual Dantés, que seguía
acechando, creyó que el médico examinaba y tocaba el cadáver por segunda vez.
-Podéis estar tranquilo -dijo al gobernador-. Está bien muerto, os respondo de
ello.
-Ya sabéis, caballero -repuso el gobernador con insistencia-, que en estos casos
no nos contentamos con un simple examen, conque dejando a un lado las
apariencias, servíos cumplir las formalidades prescritas por la ley.
-Que calienten los hierros -ordenó el doctor-, aunque es en verdad una
precaución inútil.
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