-A lo menos lo supongo. ¿Qué otra cosa puede haber entre un muchacho de veintiún
años y una joven de diecisiete?
-¿Y Dantés ha ido a los Catalanes?
-Ha salido de su casa antes que yo.
-Si fuésemos por el mismo lado, nos detendríamos en la Reserva, en casa del
compadre Pánfilo, y bebiendo un vaso de vino, sabríamos algunas noticias...
-¿Y quién nos las dará?
-Estaremos al acecho, y cuando pase Dantés adivinaremos en la expresión de su
rostro lo que haya pasado.
-Vamos allá -dijo Caderousse-, pero ¿pagas tú?
-Pues claro -respondió Danglars.
Los dos se encaminaron apresuradamente hacia el lugar indicado, donde pidieron
una botella y dos vasos. El compadre Pánfilo acababa, según dijo, de ver pasar a
Dantés diez minutos antes. Seguros de que se hallaba en los Catalanes, se
sentaron bajo el follaje naciente de los plátanos y sicómoros, en cuyas ramas
una alegre bandada de pajarillos saludaba con sus gorjeos los primeros días de
la primavera.

Capítulo tercero
Los catalanes
A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos en el horizonte
y el oído atento, paladeaban el vino de Lamalgue, detrás de un promontorio
desnudo y agostado por el sol y por el viento nordeste, se encontraba el modesto
barrio de los Catalanes.
Una colonia misteriosa abandonó en cierto tiempo España, yendo a establecerse en
la lengua de tierra en que permanece aún. Nadie supo de dónde venía, y hasta
hablaba un dialecto desconocido. Uno de sus jefes, el único que se hacía
entender un poco en lengua provenzal, pidió a la municipalidad de Marsella que
les concediese aquel árido promontorio, en el coal, a fuer de marinos antiguos,
acababan de dejar sus barcos. Su petición les fue aceptada, y tres meses después
aquellos gitanos del mar habían edificado un pueblecito en torno a sus quince o
veinte barcas.
Construido en el día de hoy de una manera extraña y pintoresca, medio árabe,
medio española, es el mismo que se ve hoy habitado por los descendientes de
aquellos hombres que hasta conservan el idioma de sus padres. Tres o cuatro
siglos han pasado, y aún permanecen fieles al promontorio en que se dejaron caer
como una bandada de aves marinas. No sólo no se mezclan con la población de
Marsella, sino que se casan entre sí, conservando los hábitos y costumbres de la
madre patria, del mismo modo que su idioma.
Es preciso que nuestros lectores nos sigan a través de la única calle de este
pueblecito, y entren con nosotros en una de aquellas casas, a cuyo exterior ha
dado el sol el bello colorido de las hojas secas, común a todos los edificios
del país, y cuyo interior pule una capa de cal, esa tinta blanca, único adorno
de las posadas españolas.
Una bella joven de pelo negro como el ébano y ojos dulcísimos como los de la
gacela, estaba de pie, apoyada en una silla, oprimiendo entre sus dedos afilados
una inocente rosa cuyas hojas arrancaba, y los pedazos se veían ya esparcidos
por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos árabes, pero que
parecían modelados por los de la Venus de Arlés, temblaban con impaciencia
febril, y golpeaba de tal modo la tierra con su diminuto pie, que se entreveían
las formas puras de su pierna, ceñida por una media de algodón encarnado a
cuadros azules.
A tres pasos de ella, sentado en una silla, balanceándose a compás y apoyando su
codo en un mueble antiguo, hallábase un mocetón de veinte a veintidós años que
la miraba con un aire en que se traslucía inquietud y despecho: sus miradas
parecían interrogadoras; pero la mirada firme y fija de la joven le dominaba
enteramente.

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