--Tienen el dibujo de un hombre con cabeza de camero y debajo
pone que es el dios egipcio de la fertilidad.
A Langdon aquella marca no le sonaba, pero se alegraba de que los
fabricantes de condones lo explicaran todo tan bien.
--Pues sí, es cierto, Amón se representa como un hombre con
cabeza y cuernos de carnero, y por su promiscuidad es lo que hoy en día
llamaríamos un «cachondo». ¿Y sabe alguien quién es su equivalente
femenina? ¿La diosa egipcia de la fertilidad?
La pregunta fue seguida de varios segundos de silencio.
--Era Isis --les dijo Langdon, cogiendo una tiza--. Así que tenemos
al dios masculino, Amón. --Escribió el nombre en mayúsculas en la
pizarra--. Y a la diosa femenina, Isis, cuyo antiguo pictograma fue
durante una época LISA.
Langdon terminó de escribir y se alejó del proyector.
AMÓN L'ISA
--¿Os suena de algo?
--Mona Lisa... me cago en... --murmuró un interno.
Langdon asintió.
--Señores, no es sólo que la cara de la Mona Lisa tenga un aspecto
andrógino, es que su nombre es un anagrama de la divina unión de lo
masculino y lo femenino. Y ese, amigos míos, es el secretillo de
Leonardo, y lo que explica la enigmática sonrisa de la mujer del cuadro.
--Mi abuelo ha estado aquí --dijo Sophie, poniéndose al momento de
rodillas, a menos de tres metros del cuadro. Enfocó con la linterna un
punto del suelo de parqué.
Al principio Langdon no vio nada, pero al arrodillarse a su lado se
fijó en una gotita seca que se veía fosforescente a la luz. «¿Tinta?» De
pronto recordó para qué usaba la policía aquellas linternas especiales.
«Sangre.» Se puso alerta. Sophie tenía razón. Jacques Saunière había
ido a ver la Mona Lisa antes de morir.
--No habría venido hasta aquí si no hubiera tenido algún motivo --
susurró Sophie poniéndose de pie--. Sé que me ha dejado un mensaje
por aquí.
Cubriendo la escasa distancia que la separaba del cuadro, iluminó la
franja de suelo que quedaba justo delante de la obra, pasando la luz
varias veces por aquella zona.
--¡Aquí no hay nada!
En aquel momento, Langdon vio un débil resplandor púrpura en el
cristal protector que la Mona Lisa tenía delante. Cogió la mano de Sophie
y se la levantó para que iluminara bien el cuadro.
Los dos se quedaron estupefactos.
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