El agente suspiró muy serio y le alargó una foto Polaroid a través del
resquicio de la puerta.
Cuando Langdon la miró, se quedó de piedra.
--Esta foto se ha hecho hace menos de una hora, en el interior del
Louvre.
Siguió unos instantes con la vista fija en aquella extraña imagen, y
su sorpresa y repulsión iniciales dieron paso a una oleada de indignación.
--¿Quién puede haberle hecho algo así?
--Nuestra esperanza es que usted nos ayude a responder a esa
pregunta, teniendo en cuenta sus conocimientos sobre simbología y la
cita que tenía con él.
Langdon volvió a fijarse en la foto, y en esta ocasión al horror se le
sumó el miedo. La imagen era espantosa y totalmente extraña, y le
provocaba una desconcertante sensación de deja vu. Haría poco más de
un año, Langdon había recibido la fotografía de otro cadáver y una
petición similar de ayuda. Veinticuatro horas después, casi pierde la vida
en la Ciudad del Vaticano. Aunque aquella imagen era muy distinta,
había algo en el decorado que le resultaba inquietantemente familiar.
El agente consultó el reloj.
--Mi capitán espera, señor.
Langdon apenas lo oía. Aún tenía la vista clavada en la fotografía.
--Este símbolo de aquí, y el cuerpo en esta extraña...
--¿Posición? --apuntó el agente.
Langdon asintió, sintiendo un escalofrío al levantar la vista.
--No me cabe en la cabeza que alguien haya podido hacer algo así.
El rostro del agente se contrajo.
--Creo que no lo entiende, señor Langdon. Lo que ve en esta foto...
--Se detuvo un instante--. Monsieur Saunière se lo hizo a sí mismo.

2

A menos de dos kilómetros de ahí, Silas, el imponente albino, cruzó
cojeando la verja de entrada a una lujosa residencia en la Rué de La
Bruyére. El cilicio que llevaba atado al muslo se le hundía en la carne,
pero su alma se regocijaba por el servicio que le prestaba al Señor.
«El dolor es bueno.»
Al entrar en la residencia, escrutó el vestíbulo con sus ojos rojos.
Vacío. Subió la escalera con sigilo para no despertar a los demás
numerarios. La puerta de su dormitorio estaba abierta; las cerraduras
estaban prohibidas en aquel lugar. Entró y ajustó la puerta tras de sí.
La habitación era espartana. Suelos de madera, una cómoda de pino
y una cama en un rincón. Allí sólo llevaba una semana, estaba de paso,
pero en Nueva York hacía muchos años que gozaba de la bendición de
un refugio parecido.
«El señor me ha dado un techo y le ha dado sentido a mi vida.»

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