más alta de la cabeza. Y divididla luego entre la distancia que hay entre
el ombligo y el suelo. ¿No adivináis qué número os va a dar?
--¡No será el Phi! --exclamó uno de los deportistas, incrédulo.
--Pues sí, el Phi. Uno coma seiscientos dieciocho. ¿Queréis otro
ejemplo? Medios la distancia entre el hombro y las puntas de los dedos y
divididla por la distancia entre el codo y la punta de los dedos. Otra vez
Phi. ¿Otro más? La distancia entre la cadera y el suelo dividida por la
distancia entre la rodilla y el suelo. Otra vez Phi. Las articulaciones de
manos y de pies. Las divisiones vertebrales. Phi, Phi, Phi. Amigos y
amigas, todos vosotros sois tributos andantes a la Divina Proporción.
Aunque las luces estaban apagadas, Langdon notaba que todos
estaban atónitos. Y él notaba un cosquilleo en su interior. Por eso se
dedicaba a la docencia.
--Amigos y amigas, como veis, bajo el caos del mundo subyace un
orden. Cuando los antiguos descubrieron el Phi, estuvieron seguros de
haber dado con el plan que Dios había usado para crear el mundo, y por
eso le rendían culto a la Naturaleza. Es comprensible. La mano de Dios
se hace evidente en ella, e incluso en la actualidad existen religiones
paganas, que veneran a la Madre Tierra. Muchos de nosotros honramos
a la Naturaleza como lo hacían los paganos, y ni siquiera sabemos por
qué. Las fiestas de mayo que celebramos en los Estados Unidos son un
ejemplo perfecto... la celebración de la primavera, la tierra que vuelve a
la vida para darnos su fruto. La misteriosa magia inherente a la Divina
Proporción se escribió al principio de los tiempos. El hombre se limita a
acatar las reglas de la Naturaleza, y como el arte es el intento del
hombre por imitar la belleza surgida de la mano del Creador, ya os
podéis imaginar que durante este semestre vamos a ver bastantes
muestras de la Divina Proporción aplicadas a las diversas
manifestaciones artísticas.
Durante los siguientes treinta minutos, Langdon se dedicó a
mostrarles diapositivas con obras de Miguel Ángel, Durero, Leonardo da
Vinci y muchos otros, demostrando en todos los casos la deliberada y
rigurosa observancia de la Divina Proporción en el planteamiento de sus
composiciones. Langdon desenmascaró el número Phi en las
dimensiones arquitectónicas del Partenón ateniense, de las Pirámides de
Egipto e incluso del edificio de las Naciones Unidas de Nueva York. El Phi
aparecía en las estructuras básicas de las sonatas de Mozart, en la
Quinta Sinfonía de Beethoven, así como en los trabajos de Bartók, de
Debussy y de Schubert. El número Phi, expuso Langdon, lo usaba hasta
Stradivarius para calcular la ubicación exacta de los oídos o efes en la
construcción de sus famosos violines.
--Para terminar --dijo Langdon acercándose a la pizarra--, volvamos
a los símbolos. --Dibujó las cinco líneas secantes que formaban una
estrella de cinco puntas--. Este símbolo es una de las imágenes más
importantes que veréis durante este curso. Formalmente conocido como
«pentagrama», o pentáculo, como lo llamaban los antiguos, muchas
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