--Señoras y señores --dijo la presentadora del acto ante el público
que abarrotaba la sala del Pabellón Dauphine, en la Universidad
Americana--, nuestro invitado de hoy no necesita presentación. Es autor
de numerosos libros: La simbología de las sectas secretas, El arte de los
Illuminati, El lenguaje perdido de los ideogramas, y si les digo que ha
escrito el libro más importante sobre Iconología Religiosa, no lo digo
porque sí. Muchos de ustedes utilizan sus obras como libros de texto en
sus clases.
Los alumnos presentes entre el público asintieron con entusiasmo.
--Había pensado presentarlo esta noche repasando su impresionante
curriculum. Sin embargo --añadió dirigiendo una sonrisa de complicidad
a Langdon, que estaba sentado en el estrado--, un asistente al acto me
ha hecho llegar una presentación, digamos, más «fascinante».
Y levantó un ejemplar del Bostón Magazine.
Langdon quiso que se lo tragara la tierra. «¿De dónde había sacado
aquello?»
La presentadora empezó a leer algunos párrafos de aquel superficial
artículo y Langdon sintió que se encogía más y más en su asiento.
Treinta segundos después, todo el público sonreía, y a la mujer no se le
veía la intención de concluir.
--Y la negativa del señor Langdon a hacer declaraciones públicas
sobre su atípico papel en el cónclave del Vaticano del año pasado no
hace sino darle más puntos en nuestro «fascinómetro» particular. --La
presentadora ya tenía a los asistentes en el bolsillo--. ¿Les gustaría
saber más cosas de él?
El público empezó a aplaudir.
«Que alguien se lo impida», suplicó mentalmente Langdon al ver
que volvía a clavar la vista en aquel artículo.
--Aunque tal vez el profesor Langdon --continuó la presentadora--
no sea lo que llamaríamos un guapo oficial, como algunos de nuestros
nominados más jóvenes, es un cuarentón interesante, con ese poderoso
atractivo propio de ciertos intelectuales. Su cautivadora presencia se
combina con un tono de voz muy grave, de barítono, que sus alumnas
describen muy acertadamente como «un regalo para los oídos».
Toda la sala estalló en una carcajada.
Langdon esbozó una sonrisa de compromiso. Sabía lo que venía a
continuación, una frase ridícula que decía algo de «Harrison Ford con
traje de tweed», y como aquella tarde se había creído estar a salvo de
todo aquello y se había puesto, en efecto, su tweed y su suéter Burberry
de cuello alto, decidió anticiparse a los hechos.
--Gracias, Monique --dijo Langdon, levantándose antes de tiempo y
apartándola del atril--. No hay duda de que en el Bostón Magazine están
muy bien dotados para la literatura de ficción. --Miró al público
suspirando, avergonzado--. Si descubro quién de ustedes ha filtrado este
artículo, conseguiré que el consulado garantice su deportación.
El público volvió a reírse.
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