--Está claro que reconoció que aquellos números eran la Secuencia
de Fibonacci, porque luego vino aquí y nos lo dijo. No entiendo por qué
se fue de la oficina sin decirle a nadie que los había descifrado.
A Collet sólo se le ocurría una hipótesis para explicar aquellos
desconcertantes hechos: que Saunière hubiera escrito el código
numérico en el suelo con la esperanza de que Fache incorporara a algún
criptógrafo en la investigación y, por tanto, su propia nieta se
involucrara en el caso. En cuanto al resto del mensaje, ¿se estaba
comunicando de algún modo el conservador con su nieta? Si era así,
¿qué le estaba diciendo? ¿Y qué pintaba Langdon en todo aquello?
Antes de que Collet pudiera seguir dándole vueltas a esas cosas, el
silencio del museo desierto se vio roto por el sonido de una alarma, que
parecía venir de la Gran Galería.
--¡Alarma! --gritó uno de los agentes, sin apartar la vista de la
pantalla del centro de control del museo--. ¡Gran Galería! ¡Servicio de
caballeros!
Fache miró a Collet.
--¿Dónde está Langdon?
--¡Sigue en el aseo! --respondió, señalando el punto rojo
intermitente en el plano de su ordenador portátil--. Debe de haber roto
la ventana. Collet sabía que Langdon no podía llegar muy lejos. Aunque
la ley contra incendios obligaba a que las ventanas de los edificios
públicos situadas por encima de los quince metros tuvieran cristales
rompibles en caso de incendio, salir por una ventana de la segunda
planta del Louvre sin tener escalera ni arneses era suicida. Y más en
aquel caso, porque al fondo del Ala Denon no había ni árboles ni plantas
para parar el golpe. Justo debajo de los servicios se extendía la Place du
Carrousel, con sus dos carriles de circulación--. ¡Dios mío! --exclamó
Collet con la vista fija en la pantalla--. ¡Langdon se está subiendo al
alféizar de la ventana!
Pero Fache ya se había puesto en marcha. Sacando el revólver
Manurhin MR-93 de la cartuchera, salió a toda prisa de la oficina.
Collet seguía mirando perplejo la pantalla, donde el punto rojo
seguía parpadeando en el alféizar hasta que de repente hizo algo
totalmente inesperado y salió del perímetro del edificio.
«¿Qué está pasando aquí? --pensó--. ¿Está en el alféizar o...»
--¡Dios mío! --gritó, levantándose de la silla al ver que el punto rojo
estaba del otro lado del muro. La señal pareció debilitarse un instante, y
acto seguido se detuvo abruptamente a unos diez metros del perímetro
del edificio.
Accionando el teclado, Collet encontró un plano de París y recalibró
el GPS. Gracias al zoom, logró determinar la posición exacta de la señal,
que había dejado de moverse en medio de la Place du Carrousel.
Langdon había saltado.

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