PROFESOR DE SIMBOLOGÍA RELIGIOSA
DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD
Langdon emitió un gruñido. La conferencia de aquella noche --una
charla con presentación de diapositivas sobre la simbología pagana
oculta en los muros de la catedral de Chartres-- seguramente había
levantado ampollas entre el público más conservador. Y era muy
probable que algún académico religioso le hubiera seguido hasta el hotel
para entablar una discusión con él.
--Lo siento --dijo Langdon--, pero estoy muy cansado.
--Mais, monsieur --insistió el recepcionista bajando la voz hasta
convertirla en un susurro imperioso--. Su invitado es un hombre muy
importante.
A Langdon no le cabía la menor duda. Sus libros sobre pintura
religiosa y simbología lo habían convertido, a su pesar, en un personaje
famoso en el mundo del arte, y durante el año anterior su presencia
pública se había multiplicado considerablemente tras un incidente muy
divulgado en el Vaticano. Desde entonces, el flujo de historiadores
importantes y apasionados del arte que llamaban a su puerta parecía no
tener fin.
--Si es tan amable --dijo Langdon, haciendo todo lo posible por no
perder las formas--, anote el nombre y el teléfono de ese hombre y
dígale que intentaré contactar con él antes de irme de París el martes.
Gracias.
Y colgó sin dar tiempo al recepcionista a protestar.
Sentado en la cama, Langdon miró el librito de bienvenida del hotel
que vio en la mesilla y el título que anunciaba DUERMA COMO UN ÁNGEL
EN LA CIUDAD LUZ. SUEÑE EN EL RITZ DE PARÍS. Se dio la vuelta y se
miró, soñoliento, en el espejo que tenía delante. El hombre que le
devolvía la mirada era un desconocido, despeinado, agotado.
«Te hacen falta unas vacaciones, Robert.»
La tensión acumulada durante el año le estaba pasando factura,
pero no le gustaba verlo de manera tan obvia reflejado en el espejo. Sus
ojos azules, normalmente vivaces, le parecían borrosos y gastados
aquella noche. Una barba incipiente le oscurecía el rostro de recia
mandíbula y barbilla con hoyuelo. En las sienes, las canas proseguían su
avance, y hacían cada vez más incursiones en su espesa mata de pelo
negro. Aunque sus colegas femeninas insistían en que acentuaban su
atractivo intelectual, él no estaba de acuerdo.
«Si me vieran ahora los del Bostón Magazine.»
El mes anterior, para su bochorno, la revista lo había incluido en la
lista de las diez personas más fascinantes de la ciudad, dudoso honor
que le había convertido en el blanco de infinidad de burlas de sus
colegas de Harvard. Y aquella noche, a más de cinco mil kilómetros de
casa, aquella fama había vuelto a precederle en la conferencia que había
pronunciado.
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