--Gracias, amigo --dijo aquel hombre en un francés peculiar--. El
dinero del cepillo de las limosnas es tentador para los ladrones. En tus
sueños hablabas en francés. ¿Hablas también español?
El fantasma negó con la cabeza.
--¿Cómo te llamas? --le preguntó el cura en su precario francés.
El fantasma no se acordaba del nombre que sus padres le habían
puesto. Lo único que le venía a la cabeza eran los insultantes motes que
le ponían los celadores de la cárcel.
El cura hizo un gesto.
--No te preocupes. Yo me llamo Manuel Aringarosa. Soy misionero,
de Madrid. Me han enviado aquí para construir una iglesia de la Obra de
Dios.
--¿Dónde estoy? --preguntó él con una voz que le sonó hueca.
--En Oviedo. Al norte de España.
--¿Y cómo he llegado hasta aquí?
--Alguien te dejó en la escalera. Estabas enfermo. Te he dado de
comer. Llevas aquí bastantes días.
El fantasma se fijó en su cuidador. Hacía años que nadie era amable
con él.
--Gracias, padre.
El cura se tocó la sangre que le salía del labio.
--Soy yo quien te está agradecido, amigo mío.
Cuando se despertó, a la mañana siguiente, vio las cosas más
claras. Alzó la vista y vio el crucifijo que había en la cabecera de la
cama. Aunque ya no le hablaba, su presencia le resultaba reconfortante.
Se incorporó en la cama y constató con sorpresa que en la mesilla de
noche había un recorte de periódico. Estaba en francés y era de la
semana anterior. Cuando leyó aquel artículo, le invadió un gran temor.
Hablaba del terremoto de las montañas que había destruido la cárcel y
liberado a un montón de criminales peligrosos.
El corazón empezó a latirle con fuerza. «¡El cura sabe quién soy!» Le
invadieron unas sensaciones que no había tenido en años. Vergüenza,
culpa; acompañadas del temor a que lo atraparan. Saltó de la cama.
«¿Adonde voy corriendo así?»
--El Libro de los Hechos de los Apóstoles --dijo una voz desde la
puerta.
El fantasma se volvió, asustado.
El cura entró sonriendo en su habitación. Tenía la nariz mal vendada
y sostenía una vieja Biblia.
--Te he conseguido una en francés. El capítulo está marcado.
Vacilante, el fantasma cogió la Biblia y buscó el pasaje que el cura le
había señalado.
Hechos, 16.
Aquellos versículos hablaban de un preso llamado Silas que estaba
desnudo y herido en su celda, cantando himnos al Señor. Cuando el
fantasma llegó al versículo 26 ahogó un grito de sorpresa.
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