Cuando el conservador terminó de hablar, su atacante sonrió,
incrédulo.
--Sí, eso mismo me han dicho los demás.
Saunière se retorció.
--¿Los demás?
--También he dado con ellos --soltó el hombre con desprecio--. Con
los tres. Y me han dicho lo mismo que usted acaba de decirme.
«¡No es posible!» La identidad real del conservador, así como la de
sus tres sénéchaux, era casi tan sagrada como el antiguo secreto que
guardaban. Ahora Saunière se daba cuenta de que sus senescales,
siguiendo al pie de la letra el procedimiento, le habían dicho la misma
mentira antes de morir. Era parte del protocolo.
El atacante volvió a apuntarle.
--Cuando usted ya no esté, yo seré el único conocedor de la verdad.
La verdad. En un instante, el conservador comprendió el horror de la
situación. «Si muero, la verdad se perderá para siempre.»
Instintivamente, trató de encogerse para protegerse al máximo.
Se oyó un disparo y Saunière sintió el calor abrasador de la bala que
se le hundía en el estómago. Cayó de bruces, luchando contra el dolor.
Despacio, se dio la vuelta y miró a su atacante, que seguía al otro lado
de la reja y lo apuntaba directamente a la cabeza.
El conservador cerró los ojos y sus pensamientos se arremolinaron
en una tormenta de miedo y lamentaciones.
El chasquido de un cargador vacío resonó en el pasillo.
Saunière abrió los ojos.
El albino contemplaba el arma entre sorprendido y divertido. Se
puso a buscar un segundo cargador, pero pareció pensárselo mejor y le
dedicó una sonrisa de superioridad a Saunière.
--Lo que tenía que hacer ya lo he hecho.
El conservador bajó la vista y se vio el orificio producido por la bala
en la tela blanca de la camisa. Estaba enmarcado por un pequeño círculo
de sangre, unos centímetros más abajo del esternón. «Mi estómago.» Le
parecía casi cruel que el disparo no le hubiera alcanzado el corazón.
Como veterano de la Guerra de Argelia, a Saunière le había tocado
presenciar aquella muerte lenta y horrible por desangramiento.
Sobreviviría quince minutos mientras los ácidos de su estómago se le
iban metiendo en la cavidad torácica, envenenándolo despacio.
--El dolor es bueno, señor --dijo el hombre antes de marcharse.
Una vez solo, Jacques Saunière volvió la vista de nuevo hacia la reja
metálica. Estaba atrapado, y las puertas no podían volver a abrirse al
menos en veinte minutos. Cuando alguien lo encontrara, ya estaría
muerto. Sin embargo, el miedo que ahora se estaba apoderando de él
era mucho mayor que el de su propia extinción.
«Debo transmitir el secreto».



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