sido abiertamente homosexual y adorador del orden divino de la
Naturaleza, cosas ambas que lo convertían en pecador a los ojos de la
Iglesia. Además, sus excentricidades lo rodeaban de un aura ciertamente
demoníaca: Leonardo exhumaba cadáveres para estudiar la anatomía
humana; llevaba unos misteriosos diarios en los que escribía al revés;
creía que poseía el poder alquímico para convertir el plomo en oro e
incluso para engañar a Dios creando un elixir para retrasar la muerte.
Entre sus inventos se incluían armas y aparatos de tortura terribles,
nunca hasta entonces concebidos.
«El malentendido alimenta la desconfianza», pensó Langdon.
Ni siquiera su ingente obra artística de temática religiosa había
hecho otra cosa que acrecentar su fama de hipocresía espiritual. Al
aceptar cientos de lucrativos encargos del Vaticano, Leonardo pintaba
temas católicos no como expresión de sus propias creencias sino como
empresa puramente comercial que le proporcionaba los ingresos con los
que financiaba su costoso tren de vida. Por desgracia, también era un
bromista que a veces se complacía mordiendo la mano que le daba de
comer. En muchas de sus obras religiosas incorporaba símbolos ocultos
que no tenían nada que ver con el cristianismo --tributos a sus propias
creencias y sutiles burlas a la Iglesia. En una ocasión, Langdon había
dado una conferencia en la National Gallery de Londres titulada «La vida
secreta de Leonardo: simbolismo pagano en el arte cristiano.»
--Entiendo su preocupación --respondió finalmente--, pero Leonardo
en realidad no practicó nunca las artes ocultas. Era un hombre de gran
espiritualidad, aunque de un tipo que entraba en conflicto permanente
con la Iglesia.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, volvió a bajar la vista para
leer el mensaje que brillaba en el suelo. «¡Diavole in Dracon! Límala,
asno.»
--¿Sí? --se interesó Fache.
Langdon sopesó muy bien sus palabras.
--No, sólo pensaba que Saunière compartía gran parte de su
espiritualidad con Leonardo, incluida su preocupación por la supresión
que la Iglesia hace de lo sagrado femenino en la religión moderna. Tal
vez, al encarnar su famoso dibujo, Saunière estaba simplemente
haciéndose eco de algunas de sus frustraciones compartidas en relación
a la moderna demonización de la diosa.
La expresión de Fache se hizo más dura.
--¿Cree usted que Saunière está llamando a los dirigentes de la
Iglesia «diablesas draconianas»? ¿Y qué es eso de «Límala, asno»?
Langdon tenía que admitir que aquello era poco plausible y confuso,
aunque el pentáculo parecía reforzar la idea al menos en parte.
--Lo único que digo es que el señor Saunière dedicó su vida al
estudio de la historia de la diosa, y que nadie ha hecho más por erra-
dicar esa historia que la Iglesia católica. Parece razonable que Saunière
haya optado por expresar esa decepción en la hora del adiós.
39

39