abismo de cristal, se encontraba la pirámide invertida que había visto
hacía unos días al entrar en el la zona subterránea del Louvre.
«La Pyramide Inversée.»
Tembloroso, se fue hasta el borde y contempló el museo que se
extendía a sus pies, iluminado por una luz dorada. No sólo se fijaba en la
impresionante pirámide invertida, sino en lo que había justo debajo. Ahí,
en el suelo de la sala se veía una estructura minúscula, una estructura
que Langdon mencionaba en su texto.
La posibilidad de que aquello pudiera ser cierto lo mantenía
plenamente despierto. Volvió a alzar la vista y contempló el museo y
notó que sus enormes alas lo rodeaban... aquellos pasillos llenos de las
mejores obras de arte...
Leonardo da Vinci, Boticcelli...
Adornada por artes de maestros, ella reposa al fin en su morada
Maravillado, miró hacia abajo una vez más a través del cristal y vio
la diminuta estructura.
«¡Tengo que bajar como sea!»
Salió de allí y cruzó la explanada en dirección a la pirámide que
hacía las veces de entrada al museo. Los últimos visitantes de aquel día
ya iban saliendo.
Empujó la puerta giratoria y bajó por la escalera circular. Notaba
que el aire se iba haciendo más fresco. Al llegar abajo, entró en un largo
túnel que, bajo el patio del Louvre, llegaba a La Pyramide Inversée.
Al otro lado del túnel había una sala grande. Delante de él, colgando
desde las alturas, estaba la pirámide invertida, un asombroso perfil
triangular hecho de cristal.
«El cáliz.»
Los ojos de Langdon siguieron su forma decreciente desde la base
hasta la punta, suspendida más de dos metros por encima del suelo. Y
ahí, justo debajo de ella, se encontraba la diminuta estructura.
Una pirámide en miniatura. De apenas un metro de alto. La única
cosa en aquel inmenso complejo que se había hecho a pequeña escala.
El ensayo de Langdon, además de tratar sobre la colección artística
dedicada a la diosa que albergaba el museo, hacía un breve comentario
sobre aquella discreta pirámide.
«Esa estructura en miniatura sobresale del suelo como si fuera la
punta de un iceberg, el ápice de una enorme sala piramidal sumergida
debajo como una cámara oculta.»
Iluminadas con la luz tenue de aquel sótano desierto, las dos
pirámides se apuntaban la una a la otra, y sus puntas casi se tocaban.
«El cáliz encima. La espada debajo.»
Custodios y guardianes de sus puertas
serán por siempre el cáliz y la espada.
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